Léelo. Coloco cada mano sobre la curva de tu trasero y te acerco a mí con fuerza. Te dejas llevar aunque no estamos bailando: da igual que los otros sigan tomando, conversando o siquiera intenten bailar. Nos miran de reojo y nos dejan solos, es grito a voces que hay algo entre nosotros. La línea de piel perfecta baja cóncava desde la última costilla hacia tu cadera, ondeando en el pantalón, donde se esconde parte de tu vientre, levemente inclinado, que baja hasta tu sexo donde podría refugiarme y volver a nacer; olvidar al fin los gusanos en la espalda y los treinta y dos años de veneno que llegaron hasta los huesos y las uñas aquella noche de enero, cuando dejé esa casa. Te abrazo y espero el beso que también tú esperas, te acerco y te aprieto fuerte contra mí, sabiendo que no cederás si no tomo Yo la iniciativa, esa que nunca tomé.
El gato descansa en la silla del bar en alguna calle que no recuerdo, en Skadarska, podría ser en Francuska o Dositejeva o Dobracina; observa sutilmente a la muchacha que es igual a aquella que no quiso besar. Toma la cerveza con sus garras y observa las caderas y más abajo, perfección absoluta... igual a la de ella, aquel pantalón apretado, aquella piel blanca y esas piernas. La muchacha serbia gira suavemente sobre su misma cadera y lo mira una, dos veces, y en el giro deja ver sus pechos pequeños pero firmes dentro del escote... igual al de ella. Claramente hay algunas diferencias. La polera de Ella era blanca, la de la chica del bar es rayada. Ella es más baja, la chica del bar más alta. Ella es distinguida y hasta un poco engreída, la chica del bar también. El gato observa y responde sutilmente el coqueteo. Es lindo el bar de Belgrado, pero está por llover. Tan lindo como los inmensos ojos verdes de esa otra muchacha, la de la heladería; sus ojos y mejillas te dicen que le has gustado y su compañera se ríe y te traduce - al inglés - "she said you are an interesting guy".
No, la ciudad no es bonita, no tiene antiguos edificios ni los museos de Paris, pero la amas porque cada viejo que ves te tiende la mano, cada joven se ríe de la foto que quieres sacar, cada vieja parece tener la historia de esa tierra eslava bañada en sangre en sus arrugas y cada mujer que ves es hermosa, gitana, árabe, eslava, todo en un mismo cuerpo.
Creyendo que eres italiano el mozo del bar te ha enviado un tipo que veía el partido de futbol allá adentro a traducir la carta, aunque sea al francés o a cualquier idioma que se parezca un poquito al español. La muchacha ya se ha ido. Se paró en ese movimiento que comienza levantando suavemente los muslos, hacia arriba estirando finalmente el pecho hacia adelante, con la cabeza sutilmente inclinada hacia tí. Como el azote de un látigo en cámara lenta: ¿Has visto alguna vez a las danzarinas árabes? Lo hacen igual, ondean prácticamente desde la punta de los pies hasta la cabeza, pasando por el vientre y el pecho, exagerando quizás con las manos y los brazos, pues claro, ellas son todo senos, todo ovarios, todo útero, todo hembra.
Sufres al ver la pobreza de aquella mujer gitana que lleva a su hijo de la mano. Atrás, igual que el niño, se levanta otra niña, descalza, los pies sucios como sus piernas, brazos y cara. Ni siquiera te miran o te piden dinero, ni menos se acercarán a verte la suerte o algo parecido, ni para eso tienen fuerzas. Ella también tiene esa belleza de ojos verdes y grandes, firmemente delineados, de labios delgados dispuestos a besar, el pelo negro o castaño o rubio o todos juntos. Ahí mismo... te sorprende la angustia de nuevo, como cuando cruzabas la frontera y se llevaban tu pasaporte, como cuando llegaste a Belgrado y no sabías si te quedabas o te ibas, como cuando leíste de la guerra en Yugoslavia y no entendiste nada, sólo supiste que caían nuevamente bombas como tantas veces han caído en esa ciudad. La misma que sientes cuando ves a Ruzsa Magdolna cantando Ederlezi, y ves a Perhan muriendo y su pavo volando para llevarlo al paraíso... o justo el segundo en que comienza ese llanto mientras la silla en llamas gira y gira en torno al Cristo boca abajo colgando de la cruz, con un soldado detrás que no es otro que el mejor amigo del hombre de la silla a quien mandó a matar.
Pero si es igual a la angustia que sentiste cuando soltaste su cadera y dijiste No. ¿Qué pasó por tu cabeza esa noche? No quisiste tenerla de amante, verla sufrir y a su hijo aún más y convertirte en el maldito bastardo cínico, como miles hay allá en el sur, detrás de la vida puritana, escondiendo mentiras y dolor bajo la pulcritud de la correcta familia observante, dejando bajo la alfombra sus visitas a prostitutas y travestis, despedidas de soltero e hijos ocultos, cocaína y piscolas.
Qué suerte que los gatos no tengan derecho a ser bautizados, a nadie se le pasó por la mente siquiera hacerlo contigo cuando no tenías derecho a escoger. Te librarás de todo eso; por último, si caes, no tienes nada que justificar, eres más moro que los mismos moros cientos de años atrás perdieron Zaragoza. Tendrás la dignidad. Aún cuando nunca la tengas a Ella (su polera blanca oculta sus pechos) ni su sonrisa, ni su vientre ni sus caderas que alguna vez llegaste a tener entre tus manos. Menos se te pase por la cabeza, el cuerpo de la muchacha serbia.

No, la ciudad no es bonita, no tiene antiguos edificios ni los museos de Paris, pero la amas porque cada viejo que ves te tiende la mano, cada joven se ríe de la foto que quieres sacar, cada vieja parece tener la historia de esa tierra eslava bañada en sangre en sus arrugas y cada mujer que ves es hermosa, gitana, árabe, eslava, todo en un mismo cuerpo.
Creyendo que eres italiano el mozo del bar te ha enviado un tipo que veía el partido de futbol allá adentro a traducir la carta, aunque sea al francés o a cualquier idioma que se parezca un poquito al español. La muchacha ya se ha ido. Se paró en ese movimiento que comienza levantando suavemente los muslos, hacia arriba estirando finalmente el pecho hacia adelante, con la cabeza sutilmente inclinada hacia tí. Como el azote de un látigo en cámara lenta: ¿Has visto alguna vez a las danzarinas árabes? Lo hacen igual, ondean prácticamente desde la punta de los pies hasta la cabeza, pasando por el vientre y el pecho, exagerando quizás con las manos y los brazos, pues claro, ellas son todo senos, todo ovarios, todo útero, todo hembra.
Sufres al ver la pobreza de aquella mujer gitana que lleva a su hijo de la mano. Atrás, igual que el niño, se levanta otra niña, descalza, los pies sucios como sus piernas, brazos y cara. Ni siquiera te miran o te piden dinero, ni menos se acercarán a verte la suerte o algo parecido, ni para eso tienen fuerzas. Ella también tiene esa belleza de ojos verdes y grandes, firmemente delineados, de labios delgados dispuestos a besar, el pelo negro o castaño o rubio o todos juntos. Ahí mismo... te sorprende la angustia de nuevo, como cuando cruzabas la frontera y se llevaban tu pasaporte, como cuando llegaste a Belgrado y no sabías si te quedabas o te ibas, como cuando leíste de la guerra en Yugoslavia y no entendiste nada, sólo supiste que caían nuevamente bombas como tantas veces han caído en esa ciudad. La misma que sientes cuando ves a Ruzsa Magdolna cantando Ederlezi, y ves a Perhan muriendo y su pavo volando para llevarlo al paraíso... o justo el segundo en que comienza ese llanto mientras la silla en llamas gira y gira en torno al Cristo boca abajo colgando de la cruz, con un soldado detrás que no es otro que el mejor amigo del hombre de la silla a quien mandó a matar.
Pero si es igual a la angustia que sentiste cuando soltaste su cadera y dijiste No. ¿Qué pasó por tu cabeza esa noche? No quisiste tenerla de amante, verla sufrir y a su hijo aún más y convertirte en el maldito bastardo cínico, como miles hay allá en el sur, detrás de la vida puritana, escondiendo mentiras y dolor bajo la pulcritud de la correcta familia observante, dejando bajo la alfombra sus visitas a prostitutas y travestis, despedidas de soltero e hijos ocultos, cocaína y piscolas.
Qué suerte que los gatos no tengan derecho a ser bautizados, a nadie se le pasó por la mente siquiera hacerlo contigo cuando no tenías derecho a escoger. Te librarás de todo eso; por último, si caes, no tienes nada que justificar, eres más moro que los mismos moros cientos de años atrás perdieron Zaragoza. Tendrás la dignidad. Aún cuando nunca la tengas a Ella (su polera blanca oculta sus pechos) ni su sonrisa, ni su vientre ni sus caderas que alguna vez llegaste a tener entre tus manos. Menos se te pase por la cabeza, el cuerpo de la muchacha serbia.


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