dimanche, décembre 12, 2010

Y la sangre se mezcla con un pequeño trozo de piel desbastado desde un dedo, pensando sólo en el metal oxidado que es repasado una y otra vez por el disco de corte girando a miles de revoluciones por minuto, ardiente metal coagulado, como la sangre, hacia los intersticios de la vida arrebatada, del lugar que siempre quisiste tener y te robaron, sin siquiera tú hacer algún esfuerzo por detener la caida hacia el vacío, sin piso por debajo, pero sin flotar en el aire.
Ayer soñé que alguien me había quitado para siempre el lugar merecido. Llegué al frontis de la facultad, con el bolso al hombro, como era de costumbre. Sorpresa, era el bolso de denim verde rallado, reparado por una tela al fondo para que los cuadernos no se cayeran. Tenía un olor a humedad típico de Concepción, donde todo huele a pantanos.
Como siempre, en los sueños, se interponen situaciones extrañas e inconexas. Esta vez, el frontis de la facultad, el edificio nuevo estaba cerrado y sólo podías subir por un ascensor; previamente, debías marcar la oficina a la que querías llegar. Pese a que las paredes eran de vidrio y parecía circular gente al interior, el acceso estaba prohibido, sólo a los pisos superiores; previamente, debías marcar el nombre de la persona con la que querías conversar. Varios nombres conocidos, pero que no logro recordar. Y claro, yo tenía acceso, porque mi nombre estaba allí. Eran sólo 5. Mi nombre, en el cuarto lugar, tenía el derecho y el timbre, justicieramente colocado, Ismael Cortés B. Las puertas del ascensor se abrieron y entré junto a un tipo descamisado y otro más, de cara nebulosa, con destino desconocido, seguro no era el piso ¿habrá sido el cuarto mi destino?.
En las oficinas, que conozco muy bien, no había nadie. Parece que era temprano. Recorrí los pasillos abriendo las puertas, intentando conversar con alguien, sintiéndome un bandido con acceso prohibido a cada espacio, cada escritorio, cada computador. No había puerta que tuviera mi nombre.
Ese sí es un problema mío. El miedo a sentirme despreciado, inexistente, invisible a la rutina de las personas. Y así fue. Una secretaria aparece de la nada y no mira, sólo echa un leve vistazo sin saludarme y continúa su solitario. Aparece desde otro pasillo, aquel amigo que fue y ya no está, o que nunca estuvo. Es un mensaje mudo, sin palabras, diciéndome: "Este podría haber sido tu lugar, y mira, lo botaste, lo dejaste, lo abandonaste por el dinero, ahora que no tienes nada, vienes a reclamar, ¿con qué derecho?, apostaste por lo lógico, lo estable, la familia, la esposa, la casa, pero nunca tendrás hijos, como yo, o tu otro amigo que también abandonaste por desprecio. Mírate, no tienes nada ahora y vienes a poner tu nombre en los ascensores, creyendo que eso te faculta para exigir tu derecho.
Y se desvaneció. Punto final. Amanezco en la cama, recordando todo, un gato a los pies de la cama, y una sensación de paz, de haber hecho lo correcto. De sentir la sequedad de los cigarrillos en la boca, sumado a un par de tragos, con la brisa matinal en la cara. Pensando. Pensando si es el lugar arrebatado o si volver atrás tiene algún mérito.
Por ahora, pienso sólo en el agente cni que debe estar pensando en nosotros, buscando a estas horas parte de nuestras vidas.
Y no quiero que me la arrebate.
Tendría que empezar de nuevo.