lundi, août 11, 2008



Hoy cuando salí a hacer aquello que debía hacer, me asusté por muchas cosas. Escuché violencia verbal y prepotencia injustificada. Vi a los conductores pelear por un metro más, por tratar de vencer a sus contendientes pasando primero, por aparentar ser más por poseer un vehículo más grande o más caro o más veloz o más contaminante. No recuerdo qué más vi.

En cambio, quise contarte de la garúa que acaricia mis mejillas como tus manos de largos dedos finos lo hacen, el frío de tu piel triste, guardada por años sólo para mi, del aire que pude respirar hasta lo más profundo. También escogí contarte del verde del cerro Santa Lucía ¿te habías fijado que existen muchos verdes, enredaderas, césped, hojas mustias, hojas perennes, hojas vivas?. Vi un niño jugando en la calle feliz y también yo mismo abracé a mi sobrino quien a regañadientes accedió a salir conmigo, atravesando charcos de agua, persiguiendo perros y entrando a casas ajenas, sin importar el frío que hacía porque la risa en su carita lo arregla todo, como la mía.

En el bus de ida podría contarte del conductor peleando por unos pasajes y los insultos y la ira y las amenazas de muerte. En cambio prefiero contarte de los tres muchachos que subieron a tocar canciones de Mozart en instrumentos andinos, qué absurdo suena ¿no?. Pero prefiero decir que le dirijí una sonrisa a la muchacha que me atendió, que dejé cruzar a una anciana con bastón y que los gatos me esperaban en la casa porque se sienten tristes cuando están solos. Su alegría cada vez que llega alguien no tiene precio.

Como tampoco tiene precio tu corazón, ni tus muñecas heridas, ni tu cuerpo frágil que se sostiene por tu esperanza, la fé depositada en mi corazón y la fuerza con la que te he tomado la mano para caminar de verdad, llevando mi hijo en tu vientre y entregándome los espacios llenos, el aire más profundo y denso de tu respiración, dejando atrás un hálito de vida plagada de rosas en cada caricia, en cada beso, en cada instante.

No vine a escuchar tus lamentos, no vine a verte sufrir ni llorar de dolores y amargura, de golpes o palabras hirientes. Como yo levanto un pie, primero el talón, luego poco a poco la planta, finalmente los dedos, y en contínuo, en razón áurea, el movimiento se vuelve tan evidente como la espiral de un caracol, los ojos de un gato, el largo de tus brazos y tus hombros moviéndose sin parar por la música casi inquietante con las miradas en tu cuerpo, miradas que me llenan de orgullo, miradas de envidia por el milagro ocurrido.

Abro las persianas de tu habitación para contemplar el árbol allá lejos y dejar entrar las luces de colores. Por eso he escogido el verde y no el negro o el gris sucio, que hasta en su interior siempre hay miles de colores que descubrir y recordar.

Colores y risas.