Una vez que me conozcas sabrás que Yo no soy el hombre que parezco ser. Que desaprendí a hacer el amor y mis besos no llegan a la piel, salvo, quizás, contadas ocasiones que no puedo controlar. Sabrás que hiedo, por mil partes, y que tiemblo, al ver la belleza de una joven mujer como tú, envuelta en halo negro, velo negro, niebla negra, sobre piel pálida marcada por dos ojos que bajan la escalera de una casa abandonada, espectro buscando cuerpo, necesitando ver cariño, caricias, sutiles toques de dedos en el cuello en tus mejillas y en las orejas, donde no hay.
Ni siquiera una suave mirada ni tu cabeza apoyada en mi hombro, ni bailando en contorsiones de serpiente adiestrada por la música (y las bailarinas vuelven a mostrar su danza de látigos golpeando el aire plagado de humo) serán capaces de hacerte comprender que mi inmutabilidad no es rechazo si no temor de la piel de gato abandonada en un entretecho oculto, encerrado en un cuerpo desgastadoque siguió caminando sobre el vacío negro, descubierto de manglares en su fondo, tan solo piedras que no dañan más que la palabra impresa en la frente como tú: prohibido.
Una vez que me rodees verás un cuerpo desgastado y el temor de caer lo sentirás propio. La sangre disminuida y los golpes inconcientes en el hombro y en particular la pierna que continuamente dueleal doblarse, los sueños de ansiedad y esas ganas de dormir eternamente, esas que no puedo quitarme de encima, luchando uno y otro día por levantarme y poner ambos pies sobre la alfombra desgastada y manchada de mi cuarto, donde el refugio se ha convertido en caverna para evitar y ocultarse de mujeres como tu que a la vuelta de la esquina miran ocultas lo que no debería suceder, conversar de Praga, juntar una pierna tuya y otra mía y mirar a los ojos bajo tu mechón que descuelga sutil y desordenadamente sobre tu cara, en tu cuerpo delgado que ha sido salvado del gato callejero: Yo.
Una vez que toques, y no sabrás cuál camino seguir. El camino correcto, la traza directa. Un caballo se ha acercado, no se hacia dónde camina, pero debo ir con él, el bosque puede haber sido oscuro y difícil, pero la pradera no puede existir sin él.
Ni siquiera una suave mirada ni tu cabeza apoyada en mi hombro, ni bailando en contorsiones de serpiente adiestrada por la música (y las bailarinas vuelven a mostrar su danza de látigos golpeando el aire plagado de humo) serán capaces de hacerte comprender que mi inmutabilidad no es rechazo si no temor de la piel de gato abandonada en un entretecho oculto, encerrado en un cuerpo desgastadoque siguió caminando sobre el vacío negro, descubierto de manglares en su fondo, tan solo piedras que no dañan más que la palabra impresa en la frente como tú: prohibido.
Una vez que me rodees verás un cuerpo desgastado y el temor de caer lo sentirás propio. La sangre disminuida y los golpes inconcientes en el hombro y en particular la pierna que continuamente dueleal doblarse, los sueños de ansiedad y esas ganas de dormir eternamente, esas que no puedo quitarme de encima, luchando uno y otro día por levantarme y poner ambos pies sobre la alfombra desgastada y manchada de mi cuarto, donde el refugio se ha convertido en caverna para evitar y ocultarse de mujeres como tu que a la vuelta de la esquina miran ocultas lo que no debería suceder, conversar de Praga, juntar una pierna tuya y otra mía y mirar a los ojos bajo tu mechón que descuelga sutil y desordenadamente sobre tu cara, en tu cuerpo delgado que ha sido salvado del gato callejero: Yo.
Una vez que toques, y no sabrás cuál camino seguir. El camino correcto, la traza directa. Un caballo se ha acercado, no se hacia dónde camina, pero debo ir con él, el bosque puede haber sido oscuro y difícil, pero la pradera no puede existir sin él.


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