mardi, mars 20, 2007


Salí corriendo desde el tren, hacia una calle que me hacía recordar la ruta que siempre tomaba hacia algún lugar (inconnu) cuando era niño, una calle techada por árboles, pero esta vez sin casas, o casas nebulosas, o casas destruidas, casas sin uniforme, como el mío, verde oliva, con una insignia de franjas azul blanca y roja en un costado, igual a las de los otros, pero que me hacen su blanco, su objetivo a destruir, y he aparecido mágicamente en este lugar corriendo para salvarme de los que me han visto para comenzar a disparar buscando que la insignia con el águila bicéfala (¿o águila siamés?) en el cuerpo caiga junto con él y luego sea sepultada en una tumba sin nombre, entre estas casas que no debieran estar aquí.
La bala ha pasado en mi nuca, no se si se alojó o pasó destruyendo parte de aquellos huesos que bajan para cubrir ligeramente una parte del cuello, y siento algo caliente y líquido que sale para endurecerse inmediatamente al contacto con el aire. Me toco y es como tocar una vena que ha salido, o un trozo de carne, algo que brotó y quedó ahí sin hacerme caer, sin hacerme morir, pero que en cualquier momento podrá caer y dejar que el resto de lo que está alojado en la cabeza caiga (caiga quien cayese). Aunque sé que ya no lo tengo, que ya no es mío, que ya está afuera, me invade el pánico de perderlo y corro desesperadamente, tratando de buscar ayuda en ninguna parte. Las calles se parecen de una manera maldita a las de la infancia, los personajes asomados en las terrazas, algunos sórdidos obesos alcóhólicos que de niño me dieron temor, la vieja con la cuchilla que se para en las esquinas a gritar por su hijo robado, los árboles que más que dar sombra parecen encerrarte para no dejar ver el cielo o la leve esperanza de salida, un cerro en un parque que nunca existió, donde salen a pulular los decentes vecinos con sus mascotas. Me vuelvo a tocar y ya estoy seguro, unos 3 centímetros de cerebro han asomado por la nuca, pero yo ya he visto tantas películas, y sé que el cerebro al aire no afectará más que partes de mi memoria (¿o no?), no hay ayuda, una biblioteca donde encuentro gente que no sabe la guerra que afuera se libra, desde donde vengo herido, no les quiero mostrar mi herida, debe ser seguramente repulsiva.
Tengo miedo, y tengo poco tiempo para seguir corriendo, tengo poco tiempo para seguir conservando la herida limpia, se acumula a cada paso, polvo que encierra e infecta con sudores nauseabundos el trozo saliente, la sangre sigue brotando. Un haz de luz ha pasado sobre mi cabeza, justo en la frente, un prisma que ha apuntado y se ha quedado por una milésima de segundo encima, milésima eterna, quedé ahí para siempre, la oscuridad, la soledad, seguir corriendo (¿hasta cuando?) los pies en Belgrado, levanta uno y otro, los otros se hunden en su propia miseria, el cerebro se cae, no hay Sabaha, el pelo de miel se convierte en pelo caído de perro con tiña, el pelo negro está vedado, el pelo rojo vuela para no ser tocado por la herida infesta, el alcohol penetra poco a poco en la sangre, destruyendo el hígado y pegando la piel a los huesos, el prisma alumbra, traspasando la herida, y no hay absolutamente nada.
Nada queda, nada puedo ver, porque la vista se ha desvanecido, como todo en la oscuridad de las luces que suavemente titilan a lo lejos, donde la miseria y el odio se incuban como parásitos entre los sillones de un cine antiguo.
La loca carrera acaba, en la luz del prisma, en los pájaros que cantan entre los árboles de la calle, donde caí alguna vez en condena:

If you didn't care what happened to me,
And I didn't care for you,
...
You know that I care what happens to you,
And I know that you care for me
....
But I still feel alone.