
Las mujeres que lo llenan todo. Una pieza, sólo una cama y una televisión, dos mesas de noche, y está ella ahí, dejando su totalidad en cada lugar, fluyendo el olor del beso en cada rincón de un dormitorio miserable para conquistar cada infinito rincón con su belleza, no importa si sean caderas expandidas por otra vida creada o pechos llenos de leche, una puerta abierta para que tú, hombre, que nunca entederás nada, entres y te llenes, te conmuevas con ese perfume de amor y no puedas luego moverte hacia izquierda o derecha inmovilizado por las fuerzas bloqueantes de cada movimiento, de una palabra, de la cara de llanto o alegría de ella, llevando en su vientre eso que jamás tendrás pues son seres superiores ante los que debes rendir pleitesía. ¿Sabes por qué? Simple, ella es capaz de dar vida y tu no.
Es lo que quiero, una mujer que lo llene todo, una pasión de ausencia que deseo en el más profundo de los sueños que me ahoga cada noche, ese collar que cuelga hasta apretar cada uno de mis pies, de mis manos, insorpotable en la lucha de conciliar el sueño, el color cambiando de azul a verde, de verde a violeta, de violeta a negro cuando ella me odia por no estar ahí, en el fin de la historia, el comienzo de la vida. Necesito hacerte el amor una y otra vez, pero estás tan lejos, en tu piel perfecta de ojos verdes, y los mechones cayendo sobre la cara en el beso que nunca me dejarás tomar, ausencia infinita y angustia de no tenerte a mi lado provocando al fin el amor que requiero sentir para no caer en la soledad del desierto en que se ha convertido toda esta parafernalia absurda de placeres y alcohol, distante de mi sueño rebelde, recogida al sistema de jornadas interminables de programas y despertares de teléfono con la misma música maldita. Cabello negro, miel o rojo, sobre piel blanca, moviendo los recortes de cada pecho, doblegándose para la conquista de la miseria que soy cada vez que quiero estar en tu interior.
Mujeres que lo llenan todo, no importa si son pequeñas o infinitamente delgadas, tengo miedo de escribirte o llamarte, para no romper tu vida normal, tu lenguaje de mentira, tu mano abrazada a la mía por temor u osadía, sólo entrar en un bar bajo la sonrisa de muchos, que ven que nuestro contraste es tu capacidad de amar y mi pequeñez minimal de admirar tanta belleza.
La mujer que es, sólo merece de pasión palabras como éstas, deja de lado la vulgaridad y logra estar en cada momento, sin importar las miradas de los demás, sus faltas y angustias, sus temores y desesperanzas, yo la conozco mejor que nadie y no está aquí conmigo, puesto que quizás yo muera solo por la distancia de años añorándola y el miedo a no tenerla, el miedo a la reprobación y la amargura de terminar la esperanza.
Mujer delgada y pequeña, grande y ostentosa llenas todo y matas mi esperanza. Te odio por no hablarme.
Es lo que quiero, una mujer que lo llene todo, una pasión de ausencia que deseo en el más profundo de los sueños que me ahoga cada noche, ese collar que cuelga hasta apretar cada uno de mis pies, de mis manos, insorpotable en la lucha de conciliar el sueño, el color cambiando de azul a verde, de verde a violeta, de violeta a negro cuando ella me odia por no estar ahí, en el fin de la historia, el comienzo de la vida. Necesito hacerte el amor una y otra vez, pero estás tan lejos, en tu piel perfecta de ojos verdes, y los mechones cayendo sobre la cara en el beso que nunca me dejarás tomar, ausencia infinita y angustia de no tenerte a mi lado provocando al fin el amor que requiero sentir para no caer en la soledad del desierto en que se ha convertido toda esta parafernalia absurda de placeres y alcohol, distante de mi sueño rebelde, recogida al sistema de jornadas interminables de programas y despertares de teléfono con la misma música maldita. Cabello negro, miel o rojo, sobre piel blanca, moviendo los recortes de cada pecho, doblegándose para la conquista de la miseria que soy cada vez que quiero estar en tu interior.
Mujeres que lo llenan todo, no importa si son pequeñas o infinitamente delgadas, tengo miedo de escribirte o llamarte, para no romper tu vida normal, tu lenguaje de mentira, tu mano abrazada a la mía por temor u osadía, sólo entrar en un bar bajo la sonrisa de muchos, que ven que nuestro contraste es tu capacidad de amar y mi pequeñez minimal de admirar tanta belleza.
La mujer que es, sólo merece de pasión palabras como éstas, deja de lado la vulgaridad y logra estar en cada momento, sin importar las miradas de los demás, sus faltas y angustias, sus temores y desesperanzas, yo la conozco mejor que nadie y no está aquí conmigo, puesto que quizás yo muera solo por la distancia de años añorándola y el miedo a no tenerla, el miedo a la reprobación y la amargura de terminar la esperanza.
Mujer delgada y pequeña, grande y ostentosa llenas todo y matas mi esperanza. Te odio por no hablarme.


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