mercredi, décembre 13, 2006

Pausa Segunda.

Así terminada la ira, descargada contra quien sea o "la" que sea, pero escogida con pinzas para herir donde más duele, el campo de batalla luce desierto y hay muchos cuerpos heridos, de los que brota sangre que se acumula en los cráteres dejados por balas de dolor, melancolía y más profundamente mucho, mucho temor. Él, invalidante, es el que ha logrado tanta pérdida, tanto cadáver perdido y yo los observo, los toco a ver si se reaniman y no sucede absolutamente nada, los cuerpos, su cuerpo, nuestra amistad, nuestro proyecto, la vía de escape de mi vida se encuentra despojada de las ropas engalanadas con las que comenzó, inerte, los pies deshechos, la columna quebrada.
La columna es precisamente, eso que logré entender que existía (en mi). Y ahora que ya aprendí a observarla, las palabras no aparecen. Una flor blanca que se cierra de día y muere a las pocas semanas, está sentada a mi lado, y no se qué decirle. La voz suave que emerge de carpelos, no traspasa el oído, baja como un halo de vapor y luz y me hace tiritar la piel, tal como la energía que sentí al declamar mi texto en teatro, ese que quizás no veré más pues murió en la cruenta batalla de luna llena.
Lloro y lamento las muertes irrecuperables frente al campo regado de sangre, y la flor me toca el hombro, me dice que no todo está perdido, que hay esperanza, que el escenario puede volver a ser creado, pero yo le digo que esto es un escenario de guerra, no de teatro, y sin romper esos pétalos frágiles ella me muestra su firmeza, me muestra que sus pocas semanas de vida son vida eterna, son miles de cuerpos dejados en la historia y yo me agarro la cabeza porque no puedo creer que exista tanta belleza en una sola mujer.
Mi única salida es seguir buscando a Sabaha, aún cuando el viaje haya terminado, aún cuando la muñeca de trozos de mujeres haya cobrado vida, aún cuando la muerte ronde cada paso que doy, una y otra paloma aparecen muertas y los mirlos ya no están en la plaza de los leones.
¿Dónde estás Sabaha? Olvidar que no estás no me reconforta.