dimanche, février 04, 2007


Exponer el sentido de cada palabra que pasa por la mente, la sensación de las manos y esos juegos que brotan desde las uñas hacia alguien, puede tener consecuencias inesperadas en el quehacer de cada vida traspasada por pies de mujeres entrecruzados en espejos. En la cabeza, el dolor de las palabras se acumula porque entran ellas cruzando el umbral de las pequeñas orejas raspando el interior del oído profundo, llegando hasta el borde superior donde se van acumulando el humo de cientos de cigarrillos quemados, la sangre ya destruida por los cuerpos olvidados y las manos entre caricias que tocan tus mejillas, donde el olor se va acumulando para que lo sientas cada vez más pegado al cuerpo.
Un lugar donde estuviste viviendo por años, donde los amigos se acumularon en las piezas de un departamento precario o la casa húmeda por lluvias que caen de continuo durante todo el invierno, colándose por los marcos de las ventanas donde entran miles de caracoles a morir en el suelo de los closets malamente armados. Quedaron ahí como tantos recuerdos que parecen todos buenos, y también están mezclados con los malos, con los momentos de dolor y soledad, que muchas veces se olvidan para siempre. La angustia no existe. Te llevas en el interior las caras y los chistes, más bien dibujados por una mano invisible que no es otra más que la misma con la que tocas un pecho luego de descubrirlo, y luego la cintura donde apoyas el cansancio de los años y los errores que sólo pueden ser herramienta de aprendizaje. La soledad se acaba. Solía ver un cuerpo inerte en la cama, creyendo estar acompañado, sólo sabía que la única alternativa era buscar en nuevas laderas, como aquella vez que la luz se cortó y salimos a gritar incoherencias al cerro, riéndonos de nosotros mismos y el frío y el viento que pegaban en nuestras caras, las malezas húmedas que poco a poco colaron agua entre los zapatos y los pantalones para hacernos volver a casa. El pasado es siempre bueno. La mejor opción es sucumbir ante lo inevitable, el desastre que tarde o temprano llegará, el momento final donde la vida cambia para volcarse en una marea de momentos perdidos y decisiones mal tomadas por el miedo que invade al violinista en una partitura que debió haber sido correctamente ejecutada por cada uno de los músicos en una orquesta de plaza. En detrimento de cada error, está tan solo la esperanza de que no hay nada más que algo nuevo, pero no hay peor miedo que darse cuenta que el mundo se transforma en algo más chico, el planeta donde estás parado poco a poco se reduce para apenas contener parte de los pocos que te acompañan, y es en ese preciso momento en que sabes que la gravedad no te privará más de las ganas de volar y saldrás de un pequeño salto hacia la nada misma, donde ya no hay superficies que te puedan contener.
(señoras y señores, los hemos convocado a todos para la glorificar la mentira, el poder, el valor de quienes nos sabemos inescrutablemente superiores, quienes hemos formado este grupo donde no dejaremos entrar a los postergados, a los que no tienen historia, a los sin apellido, a los incautos, a los mediocres y quienes crean que pueden ser de los nuestros. Sólo un par de veces dejaremos que entre uno o quizás dos, tan sólo para enrostrarles a los demás ignorantes que en realidad ha sido su propia incapacidad la que no les ha permitido ser de los nuestros. Con este poder, señoras y señores, conquistaremos...)
El mundo que nunca podrán tener, y si quieren tenerlo haré lo que sea para que no entren jamás aquí, quieren poder, quieren y creen saber entender de qué se trata el mundo y sólo caen, cuando en sus misas ocultan todas las iniciaciones, realizan sus rituales que no cuentan a nadie, escriben libros y revistas, analizan el fututo y la historia. A golpes de guadaña, les han demostrado hasta el cansancio que nunca entrarán aquí. A golpes de guadaña, cercenando cabezas, llegará mi turno, y me verán todos, tal como quise ser.