La muñeca de trapo está sentada en el sillón, con sus extremidades completamente relajadas y mirando hacia la pared de ninguna parte, blanca entre los ladrillos pintados. Contempla, quizás pensando nada, o pensando todo lo que desea saber y lo que ya ha internalizado entre las miles de mujeres atrapadas entre los restos inertes que la componen. Toda esa vida contenida me incita a acercarme y moverla con cariño, suavemente tomarla entre mis brazos, para sentarla en el sillón del frente, así yo pueda ocupar su lugar, para contemplarla con odio y pasión entre su inalcanzable belleza de miserables harapos, vestida entre las mismas costumbres que aprendió mientras la armé, poco a poco, día tras día, idea tras idea, sentimiento tras sentido, pasión tras vergüenza y admiración ante mi pequeñez de virilidad altanera.Me acerco suavemente con temor de despertarla y de ella extraigo un jirón bajo el pecho. La mujer que he escojido es una especial, un ángel capaz de transformarse en fuego y demonios, otra más que desde un cuerpo pequeño, en los huesos, una cara de serenidad y absoluta firmeza ante la vida. Guarda entre sus brazos, una niña que cree pequeña y ya no lo es, queriendo protegerla de todos los despreciables odios de cada ciudad que visita, de cada país a fin de cuentas, porque es una mujer que ha viajado mucho, escapando, dicen algunos, buscando, dicen otros; yo digo, nada más que sobreviviendo. Al parecer, nunca salió de su país, el mio, sin embargo, su cuerpo escapó primero cruzando la cordillera hacia el sur, valientemente hacia el frío que teme, a las nieves y el viento sin vida que a mi me gusta disfrutar en las mejillas y que ella detesta porque penetra en su delgada piel hasta calarle los huesos. Fue capaz de quedarse sin nada para proteger a quienes más quería. Puso una y otra mejilla, pasó hambre, dejó de dormir, viajó horas día tras día para dar de comer a la niña entre sus brazos, alimentos espirituales, alimentos de cultura, alimentos de esperanza, alimentos de protección, una y otra vez, dejó atrás todo lo que tenía por sobrevivir hasta llegar a quién sabe donde, miles de kilómetros alejada de su familia, sola nuevamente entre un idioma que no entendía y personas entre las cuales es capaz de encontrar siempre una sonrisa; quizás sea esa su mayor fuerza, la que le permite entrar a cualquier casa -miento- a cualquier hogar, para ser recibida como una más de la familia, la prima lejana que llega desamparada a buscar refugio en esos lugares tan extraños.
Cuando describo a alguien como ella, me parece estar jugando a la adivinanza, pero ¿para qué hacer adivinar algo que a nadie le importa?. Cada uno de los seres que pueblan este escrito es tan sólo una o varias personas que conozco, pero son todos trascendentales y de ellos quiero rescatar la historia para que no quede nunca en el olvido, para energizar a quien pueda servir o tan solo para mi, reconfortado de tener ese ángel de la guarda que siempre está presente, a pesar de estar tan lejos, quien llega como fantasma una noche cualquiera a tu casa. Así fue, una noche, entre la penumbra, la vi llegar con la niña de la mano, luego de años viviendo tan lejos, le grité: “¿quién es usted, qué hace en mi casa?” porque no había reconocido su semblante, y al verla, sólo fui capaz de correr a abrazarla, ya que sentí vergüenza de no haberla abrazado el día que se fue, por la absurda razón de que estaba ensimismado en mis cosas, como casi siempre... esa actitud de creer estar solo yo y mis demonios en la mente, que me ha llevado tantas veces a perder amores y amistades. Rescatar su memoria es, en definitiva, un golpe de fuerza para quien lo necesite, hacerles creer que cuando todo está perdido, siempre un paso hacia afuera puede ayudar a salir adelante. Pero no basta eso. Se requiere una fuerza sobrehumana, esa que envidiarán muchos – yo entre ellos – y que no todos tienen. ¿Se imaginan acaso cualquiera de ustedes, completamente solo en un país del que no conocen no sólo el idioma, si no que a nadie siquiera que pueda ayudarlos?. Como mucho son capaces de turistear por ahí con miedo de perderse en un par de calles lejos del hotel. Sumen también el deber de cuidar a una niña entre sus brazos. Sumen la imposibilidad de poder volver. Sumen el no tener un centavo en el bolsillo. Sumen la amargura de haber dejado todo atrás por desprecio o simplemente orgullo. Y verán lo que es ser valiente de verdad.
Tres temores existen en ella: las culebras, el frío y la altura. Al lado de los temores de los otros jirones de la muñeca de trapo, no son nada. Todas las demás comparten el temor a amar. Todas las demás no son capaces de dar el primer paso al vacío. Todas las demás han sido heridas por el único amor de la vida; ella también. Buscan tan sólo alguien que sea capaz de contener sus miserias y las acompañe en los estertores de la vida; ella también. ¿Dónde está la diferencia?.
Contemplando el jirón de tela en mi mano, veo su color ennegrecido por los años, quemaduras de dolor y desprecio, hilos que cuelgan de sus bordes arañados por azotes de otros, cuyos motivos nunca logré entender. La oveja negra que escapó a lejanas colinas buscando alimentos y caballos de orgulloso crin brillante a los que contemplar la belleza de cada uno de sus movimientos. Quizás sea eso. Vuelvo a colocar el trozo en la muñeca, y dormiré hoy pensando qué es lo diferente en él. La fuerza sobrehumana de sobrevivir, el ángel de la guarda que llega repentinamente una noche inesperada, cuyo fantasma nos acompaña cada día que sufrimos en la vida.

Cuando describo a alguien como ella, me parece estar jugando a la adivinanza, pero ¿para qué hacer adivinar algo que a nadie le importa?. Cada uno de los seres que pueblan este escrito es tan sólo una o varias personas que conozco, pero son todos trascendentales y de ellos quiero rescatar la historia para que no quede nunca en el olvido, para energizar a quien pueda servir o tan solo para mi, reconfortado de tener ese ángel de la guarda que siempre está presente, a pesar de estar tan lejos, quien llega como fantasma una noche cualquiera a tu casa. Así fue, una noche, entre la penumbra, la vi llegar con la niña de la mano, luego de años viviendo tan lejos, le grité: “¿quién es usted, qué hace en mi casa?” porque no había reconocido su semblante, y al verla, sólo fui capaz de correr a abrazarla, ya que sentí vergüenza de no haberla abrazado el día que se fue, por la absurda razón de que estaba ensimismado en mis cosas, como casi siempre... esa actitud de creer estar solo yo y mis demonios en la mente, que me ha llevado tantas veces a perder amores y amistades. Rescatar su memoria es, en definitiva, un golpe de fuerza para quien lo necesite, hacerles creer que cuando todo está perdido, siempre un paso hacia afuera puede ayudar a salir adelante. Pero no basta eso. Se requiere una fuerza sobrehumana, esa que envidiarán muchos – yo entre ellos – y que no todos tienen. ¿Se imaginan acaso cualquiera de ustedes, completamente solo en un país del que no conocen no sólo el idioma, si no que a nadie siquiera que pueda ayudarlos?. Como mucho son capaces de turistear por ahí con miedo de perderse en un par de calles lejos del hotel. Sumen también el deber de cuidar a una niña entre sus brazos. Sumen la imposibilidad de poder volver. Sumen el no tener un centavo en el bolsillo. Sumen la amargura de haber dejado todo atrás por desprecio o simplemente orgullo. Y verán lo que es ser valiente de verdad.
Tres temores existen en ella: las culebras, el frío y la altura. Al lado de los temores de los otros jirones de la muñeca de trapo, no son nada. Todas las demás comparten el temor a amar. Todas las demás no son capaces de dar el primer paso al vacío. Todas las demás han sido heridas por el único amor de la vida; ella también. Buscan tan sólo alguien que sea capaz de contener sus miserias y las acompañe en los estertores de la vida; ella también. ¿Dónde está la diferencia?.
Contemplando el jirón de tela en mi mano, veo su color ennegrecido por los años, quemaduras de dolor y desprecio, hilos que cuelgan de sus bordes arañados por azotes de otros, cuyos motivos nunca logré entender. La oveja negra que escapó a lejanas colinas buscando alimentos y caballos de orgulloso crin brillante a los que contemplar la belleza de cada uno de sus movimientos. Quizás sea eso. Vuelvo a colocar el trozo en la muñeca, y dormiré hoy pensando qué es lo diferente en él. La fuerza sobrehumana de sobrevivir, el ángel de la guarda que llega repentinamente una noche inesperada, cuyo fantasma nos acompaña cada día que sufrimos en la vida.


0 Comments:
Enregistrer un commentaire
<< Home