Mientras baja el sol escondiendo las verguenzas, ese gato blanco de manchas grises cierra los ojos suavemente, sin saber y sin preocuparse de que pueda salir para él nuevamente, el siguiente día. Si nace espontáneamente el amor, la historia se escribe entre mis dedos; con ellos, presiono una y otra vez el plástico duro, para continuar eternamente las historias sin final, sin grandes personajes, sin hechos de gran trascendencia, políticas y guerras que de cartón, castillos de plumavit, como aquel que armé mientras aprendía que no se puede usar neoprén para pegarlo, ni se pueden cargar las pilas colocando dos cables a la corriente, ni se debe hablar de los viajes que has hecho, ni se debe contar qué has hecho con qué mujeres y dónde.
No hay salidas más que continuar, una vez más, el pie se mueve a caminar en Paris, y creo que será distinto. Correr entre las hojas sucias, mojar los zapatos en el río, dejar que los pantalones se sequen en la piel, arriesgarse a caer por un barranco, más vale hacer lo que hay que hacer de una vez. ¿Decirle a una mujer que la amas? Por qué no, me enaltece reconocer la falla existencial, como una grieta en un desierto por donde corre agua carcomiendo los destinos de una piel inmaculada. ¿Sentarte en una fiesta en un rincón observando las maquinaciones de los demás? Y qué, si me reconozco entre los ganadores de la partida: basta observar las caras. ¿Contar que los sueños de muerte te están quebrando la espalda? Buena idea, los ojos se abren cuando las historias de batallas, los cascos traspasados por balas salen a la luz como una película de gringos buenos y alemanes malos.
No hay luz en el camino, pero hay un parque salpicado de barro, cortado por barrancos, sembrado de las más infestas especies de insectos. Seguir escribiendo. Observar el sol que ya ha caido y ha dejado paso al fin al frío que quema. Buscar la nieve en el pelo negro, la mirada en el bar. Mirar las caras de ellos compitiendo, quién es más poderoso, quién conoce más, quién gana más, quién tiene historias más divertidas. No contar mentiras, no contar de personajes, contar de personas. Да Да, hablar su lengua, sentirla entre mi cuello y mis orejas, sentir el perfume que queda durante días impregnado, y sentarse a cerrar los ojos mientras el sol baja.
No hay salidas más que continuar, una vez más, el pie se mueve a caminar en Paris, y creo que será distinto. Correr entre las hojas sucias, mojar los zapatos en el río, dejar que los pantalones se sequen en la piel, arriesgarse a caer por un barranco, más vale hacer lo que hay que hacer de una vez. ¿Decirle a una mujer que la amas? Por qué no, me enaltece reconocer la falla existencial, como una grieta en un desierto por donde corre agua carcomiendo los destinos de una piel inmaculada. ¿Sentarte en una fiesta en un rincón observando las maquinaciones de los demás? Y qué, si me reconozco entre los ganadores de la partida: basta observar las caras. ¿Contar que los sueños de muerte te están quebrando la espalda? Buena idea, los ojos se abren cuando las historias de batallas, los cascos traspasados por balas salen a la luz como una película de gringos buenos y alemanes malos.
No hay luz en el camino, pero hay un parque salpicado de barro, cortado por barrancos, sembrado de las más infestas especies de insectos. Seguir escribiendo. Observar el sol que ya ha caido y ha dejado paso al fin al frío que quema. Buscar la nieve en el pelo negro, la mirada en el bar. Mirar las caras de ellos compitiendo, quién es más poderoso, quién conoce más, quién gana más, quién tiene historias más divertidas. No contar mentiras, no contar de personajes, contar de personas. Да Да, hablar su lengua, sentirla entre mi cuello y mis orejas, sentir el perfume que queda durante días impregnado, y sentarse a cerrar los ojos mientras el sol baja.


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