
Escribo por dos razones. Para rendir homenaje a la muerte deseando un final agónico y triste, destruyendo las esperanzas e intentando borrar con el codo lo realizado por todos, así puedo sumergir y sentir un dejo de poder en mis manos bajo el alcohol ingerido, todo transformándose en barro entre mis dedos, escurriendo entre ellos como si no fuese nada. La segunda razón me sirve de justificativo para admirar la belleza que mágicamente aparece en cada vuelta de la esquina, imaginando que miro sobre mi hombro para encontrar una piel tersamente formada bajo un escote perfecto, con el cabello infinitamente negro sobre la cara, y puedo imaginar ese mismo cabello eróticamente mojado sobre tus ojos de gata haciendo alarde de movimientos finamente estudiados para cortejar, y es ahí mismo donde mis antiguos miedos surgen por entre el guardapolvo resquebrajado, como cientos de insectos que invaden una antigua habitación de noche cuando apagas la luz, recorriendo rincones, apropiándose de lugares que a nuestros ojos les son ajenos, pero en realidad les pertenecen.
Es entonces que la duda me asalta la cabeza y no se cuál razón es más o menos poderosa para expulsarme en el camino de palabras, saltando entre una y otra, mirando objetos de color verde, mi predilecto. ¿Puedo aceptar el regalo de tus gestos, tus manos sobre la rodilla, tus piernas cruzadas? ¿Tengo derecho a intervenir o quizás ni siquiera debiera hacerme esa pregunta pues me perteneces? Hay veces que logro mirarte y descubro mucha felicidad y la mía propia en los otros ojos, como la primera vez - que evidentemente no fue la primera - te acercaste tristemente y no fue sólo tu rostro delicado, de curvas perfectamente delineadas hacia el centro, una mejilla que sigue en simetría perfecta a la otra, acompañando con violencia tus labios de gitana; ni tus piernas que imagino construidas con un haz espiral hacia el suelo; ni tu cintura en proporción perfecta; ni tus delicados hombros ni el color inimaginable de tu piel, porque no hubiera imaginado jamás que el color mate pudiese siquiera golpearme como un puñetazo directo en la frente; ni menos esos malditos ojos invasores que hacen sangrar la nariz ante su presencia, ni la exageración que expongo en estas sucias palabras tratando de ocultar lo evidente.
Descubro que todos somos más de lo que parecemos. ¿Cuánto tiempo podría esperar yo por algo así? O quizás los colores azules que levanto sobre mis hombros te puedan hacer bien y puedas ser tú al fin gata de movimientos perfectos caminando altaneramente sobre la muralla. He construido muchos personajes, pero no he construido historias. Tal vez sea el momento de comenzar a armarlas, engendrar un pais, habitarlo y dejarlo a la deriva.
El final siempre termina en ocaso rojo, los lilas agresivos se abren marcando el cielo y parece que todo ha terminado, pero es mentira, es el comienzo donde está el poder, en la primera página del libro, en tu belleza, en tu boca que suavemente reconoce con humildad y al mismo tiempo con elegancia todo tu sencillez que derrota tantos pensamientos complicados como los mios. Definitivamente, pienso demasiado. Y realizo poco.
El final siempre termina en ocaso rojo, los lilas agresivos se abren marcando el cielo y parece que todo ha terminado, pero es mentira, es el comienzo donde está el poder, en la primera página del libro, en tu belleza, en tu boca que suavemente reconoce con humildad y al mismo tiempo con elegancia todo tu sencillez que derrota tantos pensamientos complicados como los mios. Definitivamente, pienso demasiado. Y realizo poco.


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