Abandonar a la suerte y caminar por el lado del agua transparente que acerca peces a la mano, ronquidos de ranas y sueño en aletargamiento. Flexiones de piernas bajo la luz creciente de primavera, calor exagerado que suda aire plagado de olor humano, ropas utilizadas varias veces, neumáticos ardiendo y trozos de maderas de árboles criados en serie, destino inmutable de vida transformada en commodities transables para cualquier mercado, compro mis dólares y no me importa si es aquel que pasó por tus manos o las del exiliado en Belgrado.
Nace el niño en la vida simple, la común, aquella que se aferra en el microbus, ese que subo sin esfuerzo, dos escalones, la tarjeta de pago ya en la mano y una pasada sobre la mirada indiferente del conductor, abrigado y obeso sobre su asiento exactamente igual a muchos circulando sobre la ciudad oscura, ciudad que se acuesta temprano, ante la salida de personajes diabólicos caminando por los otrora seguros y enfiestados lugares. Es la misma rutina, el camino olvidado, algo de frescura en los bares de calle Mosqueto, bajo el abrazo acogedor del edificio que luce un letrero de venta de departamento. Atrás, el café o restaurant de la esquina, el edificio en construcción ocupando toda una cuadra, trabaja para hacerse y cobijarse hasta altas horas de la noche. Las caras no existen, miles pasan una tras otra, porque la atención se centra en el libro entre las manos, sumergiendo mi atención en otras vidas, aquellas que transcurren en pocas páginas en paises que se arman para existir en la imaginación. Luz mortecina sobre las hojas escritas en papel barato, más vibraciones insoportables, más los golpes de los restantes pasajeros, sin contar con el acalambramiento de las articulaciones sosteniendo los otros libros, a la espera serena de algo a la bajada del bus, a la entrada del departamento, al subir al primer, segundo, tercer, cuarto piso, saco la llave del gran chaquetón negro a la esperanza de un último movimiento que puede escucharse en alguno de los pisos inferiores, ese que devuelva la vida al sueño real del hijo naciendo, la respiración puede entregar una oportunidad definitiva, la muchacha puede salir de su departamento. Como excusa, primero surge la idea de que todo es calma, que hay que tomarse el tiempo necesario y que, en definitiva, no existe ningún apremio por entrar, en consecuencia, basta con colocar la llave suavemente y girar, pero antes de girar, puedo inventarme otro nuevo argumento: la luz del pasillo, que hace muchos meses ya no se apaga sola después de unos minutos, entonces, basta con girar sobre la derecha y caminar lentamente frente a la muralla de ladrillos pintada de blanco, oído atento a los pisos inferiores, diez o doce pasos hasta presionar el interrumptor. Borro la imagen del regreso nuevamente fracasado y ya estoy al interior del departamento, una vez más, no ha pasado nada, las esperanzas terminan como quisieron aparecer en el momento menos esperado, sorpresivamente como les gusta a ellas asomarse, directamente encima de los ojos burlando una y otra vez el camino que debiera haber cumplido la planificación previa, el trazo dibujado sobre el plano de la vida, a la espera de un periodo y requerimiento del siguiente, cálculo preciso de movimientos.
Movimientos de flores, un cigarrillo tras otro en el sueño, delatando la nueva vida, la vida que estaba tan a la mano, tan evidente, tan cerca. No es necesario buscar en Paris, en Belgrado puede estar y siempre estuvo, el gato moviéndose y llenando mi piel de pelaje blanco o gris, quizás negro. Otro movimiento perfecto, otro estiramiento necesario, otra pieza perfectamente tallada en marfil moviéndose uno, dos adelante, uno a la izquierda. Porque tu mirada y tu sonrisa me hacen bien, porque tus ojos brillan en la delicadeza de tu pequeña cara, sobre tu cuello cubierto de un pañuelo celeste, y tus hombros son delicados como los de la mujer más bella, te pregunté si eras feliz y me dijiste que sí. Nunca había escuchado esa respuesta.
Nace el niño en la vida simple, la común, aquella que se aferra en el microbus, ese que subo sin esfuerzo, dos escalones, la tarjeta de pago ya en la mano y una pasada sobre la mirada indiferente del conductor, abrigado y obeso sobre su asiento exactamente igual a muchos circulando sobre la ciudad oscura, ciudad que se acuesta temprano, ante la salida de personajes diabólicos caminando por los otrora seguros y enfiestados lugares. Es la misma rutina, el camino olvidado, algo de frescura en los bares de calle Mosqueto, bajo el abrazo acogedor del edificio que luce un letrero de venta de departamento. Atrás, el café o restaurant de la esquina, el edificio en construcción ocupando toda una cuadra, trabaja para hacerse y cobijarse hasta altas horas de la noche. Las caras no existen, miles pasan una tras otra, porque la atención se centra en el libro entre las manos, sumergiendo mi atención en otras vidas, aquellas que transcurren en pocas páginas en paises que se arman para existir en la imaginación. Luz mortecina sobre las hojas escritas en papel barato, más vibraciones insoportables, más los golpes de los restantes pasajeros, sin contar con el acalambramiento de las articulaciones sosteniendo los otros libros, a la espera serena de algo a la bajada del bus, a la entrada del departamento, al subir al primer, segundo, tercer, cuarto piso, saco la llave del gran chaquetón negro a la esperanza de un último movimiento que puede escucharse en alguno de los pisos inferiores, ese que devuelva la vida al sueño real del hijo naciendo, la respiración puede entregar una oportunidad definitiva, la muchacha puede salir de su departamento. Como excusa, primero surge la idea de que todo es calma, que hay que tomarse el tiempo necesario y que, en definitiva, no existe ningún apremio por entrar, en consecuencia, basta con colocar la llave suavemente y girar, pero antes de girar, puedo inventarme otro nuevo argumento: la luz del pasillo, que hace muchos meses ya no se apaga sola después de unos minutos, entonces, basta con girar sobre la derecha y caminar lentamente frente a la muralla de ladrillos pintada de blanco, oído atento a los pisos inferiores, diez o doce pasos hasta presionar el interrumptor. Borro la imagen del regreso nuevamente fracasado y ya estoy al interior del departamento, una vez más, no ha pasado nada, las esperanzas terminan como quisieron aparecer en el momento menos esperado, sorpresivamente como les gusta a ellas asomarse, directamente encima de los ojos burlando una y otra vez el camino que debiera haber cumplido la planificación previa, el trazo dibujado sobre el plano de la vida, a la espera de un periodo y requerimiento del siguiente, cálculo preciso de movimientos.
Movimientos de flores, un cigarrillo tras otro en el sueño, delatando la nueva vida, la vida que estaba tan a la mano, tan evidente, tan cerca. No es necesario buscar en Paris, en Belgrado puede estar y siempre estuvo, el gato moviéndose y llenando mi piel de pelaje blanco o gris, quizás negro. Otro movimiento perfecto, otro estiramiento necesario, otra pieza perfectamente tallada en marfil moviéndose uno, dos adelante, uno a la izquierda. Porque tu mirada y tu sonrisa me hacen bien, porque tus ojos brillan en la delicadeza de tu pequeña cara, sobre tu cuello cubierto de un pañuelo celeste, y tus hombros son delicados como los de la mujer más bella, te pregunté si eras feliz y me dijiste que sí. Nunca había escuchado esa respuesta.


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