
Cuando ella movió un brazo, largo, delicado y perfumado, yo lo moví aún en arco mayor. Su cabeza y sus hombros los puedo imitar como si fueran los míos. Se colocó el pijama tal como yo. Se desnudó, dejando su torso al aire como yo. Sus pequeños pechos con deseos de amamantar quedaron al aire como los míos, y se inclinó para estirar con ese gesto majestuoso sus manos hacia el sillón relajado bajo la ventana, sosteniendo con suavidad nuestras ropas con la paciencia cada día de rutina interminable.
La seguí luego ingresando en su vientre, suavemente iluminado, donde no puedo llegar a imitarla. La curva de su cadera tampoco la logro poseer, pero sí su mejilla derecha, bajo su nariz, bajo las piernas enormes cubiertas por mantas para conservar el calor alejado del frío, del miedo, de la faz del demonio persiguiéndola continuamente y a mi, con miedo, que surjo de un miserable reflejo para observarla, para que él la observe, para ingresar en su piel otorgando las profundidades y los relieves. No quiero dejarla esta noche, quiero ser partícipe de sus caricias. de su pelo cayendo sobre el rostro fino, tapando suavemente sus ojos grandes y envolviendo su cuello hasta ahorcarla, lamiendo su espalda como las manos de él, de quien le entrega tan solo ese cuerpo desgastado, sin sombra.
Ella tiene la certeza de la suerte de poseerme, de incluirme en sus movimientos, de hacerme grandiosa e impactarlo como un golpe directo en su rostro. En conjunto, las dos, logramos destruir sus muros de hielo. Quizás el cuerpo de piel desgajada, deshecha sobre la cama, pueda despertar con alguna esperanza del letargo. Ese cuerpo entonces logra ingresar en el templo, moviéndose suavemente, buscando su destino, su camino interminable bajo pliegues de piel infinita, haciendo lo imposible por la vida, por la sobrevivencia en rigor, dejando fuegos fatuos bajo la armonía del vientre.
Para ser honesta, todo lo que he relatado no es tan verdad. Cuando están los dos solos, la dejo para que ilumine con su propia luz. En realidad, no puedo estar con ella en esos momentos, porque me destruye, me aleja de su cuerpo y yo me muerdo los labios de envidia, de no poder disfrutar esos momentos con ella, de su cabello dorado que no me deja entrar acariciado por las manos de él, por sus ojos entrecerrados, por su boca besando y afirmando que no basta con palabras simplonas como amor, querer, adorar, son tan básicas, tan clichés, tan románticas que no caben en su boca ni en su cuerpo ni en mi, la odio entonces por eso. Me hundo en un rincón del cuarto escuchando esa música de movimientos suaves, de brazos y piernas entrelazándose, sintiendo la envidia y la esperanza de que como a ella, Dios me de la gracia, enviándome a su ángel salvador en los momentos de más llanto, para conocer mi destino real, mi vida definitiva.
Miro tu luz y no hay sombras opacas, sólo un cuerpo cubierto de caricias y ojos mirando cada movimiento de mi cuerpo, entregándome en una sola nota por millares tuyas. Miro tu sombras y te elogio la piel suave, las curvas en tu cintura, tus piernas que me rodean. Miro tus ojos y sólo te encuentro a ti. Miro las hojas y siempre pasa lo mismo, no puedo escapar, grito de desesperación y sólo estás tu, durmiendo a mi lado. Me basta eso
La seguí luego ingresando en su vientre, suavemente iluminado, donde no puedo llegar a imitarla. La curva de su cadera tampoco la logro poseer, pero sí su mejilla derecha, bajo su nariz, bajo las piernas enormes cubiertas por mantas para conservar el calor alejado del frío, del miedo, de la faz del demonio persiguiéndola continuamente y a mi, con miedo, que surjo de un miserable reflejo para observarla, para que él la observe, para ingresar en su piel otorgando las profundidades y los relieves. No quiero dejarla esta noche, quiero ser partícipe de sus caricias. de su pelo cayendo sobre el rostro fino, tapando suavemente sus ojos grandes y envolviendo su cuello hasta ahorcarla, lamiendo su espalda como las manos de él, de quien le entrega tan solo ese cuerpo desgastado, sin sombra.
Ella tiene la certeza de la suerte de poseerme, de incluirme en sus movimientos, de hacerme grandiosa e impactarlo como un golpe directo en su rostro. En conjunto, las dos, logramos destruir sus muros de hielo. Quizás el cuerpo de piel desgajada, deshecha sobre la cama, pueda despertar con alguna esperanza del letargo. Ese cuerpo entonces logra ingresar en el templo, moviéndose suavemente, buscando su destino, su camino interminable bajo pliegues de piel infinita, haciendo lo imposible por la vida, por la sobrevivencia en rigor, dejando fuegos fatuos bajo la armonía del vientre.
Para ser honesta, todo lo que he relatado no es tan verdad. Cuando están los dos solos, la dejo para que ilumine con su propia luz. En realidad, no puedo estar con ella en esos momentos, porque me destruye, me aleja de su cuerpo y yo me muerdo los labios de envidia, de no poder disfrutar esos momentos con ella, de su cabello dorado que no me deja entrar acariciado por las manos de él, por sus ojos entrecerrados, por su boca besando y afirmando que no basta con palabras simplonas como amor, querer, adorar, son tan básicas, tan clichés, tan románticas que no caben en su boca ni en su cuerpo ni en mi, la odio entonces por eso. Me hundo en un rincón del cuarto escuchando esa música de movimientos suaves, de brazos y piernas entrelazándose, sintiendo la envidia y la esperanza de que como a ella, Dios me de la gracia, enviándome a su ángel salvador en los momentos de más llanto, para conocer mi destino real, mi vida definitiva.
Miro tu luz y no hay sombras opacas, sólo un cuerpo cubierto de caricias y ojos mirando cada movimiento de mi cuerpo, entregándome en una sola nota por millares tuyas. Miro tu sombras y te elogio la piel suave, las curvas en tu cintura, tus piernas que me rodean. Miro tus ojos y sólo te encuentro a ti. Miro las hojas y siempre pasa lo mismo, no puedo escapar, grito de desesperación y sólo estás tu, durmiendo a mi lado. Me basta eso


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