mardi, août 19, 2008



Bajo la luz suave de la habitación, que pareció ennegrecerse por un instante indefinido, tal vez horas, las llamadas al teléfono fueron precisas. Coherentes y adecuadas dentro de su insanidad, de su inoportuno sonido provocando la ira guardada en el corazón de ella, destemplando los vidrios e intentando destruir los colores construidos por ambos.

La alfombra de la habitación, desgastada y manchada por miles de horas de trajín, vio aparecer sábanas, ropas, recuerdos destruidos, recuerdos de tan sólo días, pero gigantescos como el golpe de las llamadas telefónicas sin sentido. Sobre la cama, él yacía en posición fetal, masticando la rabia y la impotencia, la incapacidad de volver a encender las luces de colores que inundaron el día anterior la habitación con el amor de ambos, esta vez, en plena lucha por la vida. Ella, de pie, vio venir sus regalos arrojados sin piedad, sin comprensión, sin compasión, al suelo. Entre gritos y lamentos, imaginó la vida sin él, y la vida de él sin la suya; pasaron en su cabeza momentos de alegría futuros, un niño de la mano de ambos, la creación pura del amor, que jamás serían verdad. La luz de la habitación se hizo más oscura.

Entonces, ella se arrodillo implorando perdón, vaticinio de la destrucción definitiva, vergüenza y absurdo. Absurdo el hecho de no comprender que 3 llamadas no significan nada, que miradas o mujeres de belleza artificial y elegancia comprada por joyas de oro no son capaces de entrar en un corazón de verdad. Tomó entonces una navaja de su llavero y la abrió, blandiéndola como seguramente hizo hace unas semanas. Por accidente, un leve corte en su pulgar hizo que su sangre cayera encima del colchón y de un cobertor, manchándolos para siempre de lágrimas, que ningún lavado podría quitar. Sus lágrimas. Las lágrimas de él. Él no logró darse cuenta hasta que vio en la mano de ella el artificio maldito y tomando fuertemente su delicada mano, logró quitárselo y esconderlo para siempre, arrojado a la basura como corresponde a todo eso que destruye.

El vacío logró apoderarse definitivamente de la habitación, la luz cesó repentinamente y juntos se abrazaron implorando perdón. El infierno frío y la oscuridad se apoderó del entorno de la pareja, quienes abrazados, intentaban explicar y entender por qué. Como si ambos escaparan de una tormenta, refugiándose en una caverna, a esperar que el granizo cesara definitivamente, sólo la esperanza en los corazones abrazados fue capaz de lograr mantener la llama viva, el color perfecto, múltiple, en un pequeño rincón de la habitación, encerrado para lograr salir nuevamente a la luz del sol, acariciando los cuerpos nuevamente vivos.

Horas más tarde, quizás más de un día después, las caricias volvieron a brotar como surgidas de un sombrero de copa, entre ambos se selló un compromiso siempre inquebrantable, que nunca debió intentar ser destruido. La nueva oportunidad, la siguiente, abrazó ambos corazones sumergiendo una escena de amor en un lente de película en blanco y negro, rodeado de caricias en los hombros de ella, en la espalda de él; de besos suaves y roces de labios sobre las mejillas de ella, sobre sus ojos, sobre sus cejas, sobre su frente; en sutiles gemidos de placer y plácidos movimientos infinitamente lentos, brillantes de pasión. El tiempo nunca pudo ser cercenado por una navaja.