samedi, août 26, 2006

Hola.

Te escribo desde acá, de Lyon para contarte que estoy bien. En realidad, sabes que no estoy en Lyon, estoy acá en Santiago, y la carta jamás llegará a tus manos ni el cartero dejará el sobre pidiendo la cuenta de la correspondencia que yo, indignado como solía estar siempre antes, no pagué aquella vez, logrando su ira y mi aversión por toda su raza. Eso al menos, te librará de un mal rato y podrás leer todo aquello que no te conté mientras estaba allá. La comunicación es difícil: por una parte, yo he querido encerrarme y martillar clavos sobre la puerta para que ustedes no pudieran seguirme, y por el otro lado abrir una nueva sacándome cada gota de sudor para poder entender estos personajes extraños que encuentro en cada caminata.
Por ahora, para mi suerte, los paseos por calles ignotas han terminado. La casa está absolutamente lejana de todo. Sólo podrías llegar porque quienes habitan acá te han dado el permiso para hacerlo. Y no es que sencillamente saquen los clavos de la puerta, es esa serie de pequeños baches que tendrás que sortear para poder llegar. Raro en todo caso, porque sus corazones están abiertos igual que el antejardín, donde las dos gatas esperan pacientemente a que lleguen cada tarde. Abierta también está la terraza, basta rodear por uno u otro lado, puedes escoger pasar con tu hombro izquierdo hacia la ruma de leña que fácilmente entramos el otro día, entre sus viejas historias de auto-exilio y ajedrez, o bien pasar con tu hombro derecho la ropa que en esta época de calor infernal se coloca tiesa de tanto secarse (incluso con lluvia), conversando con aquella mujer rubia y orgullosa, que ríe por fuera y llora por dentro, para encontrar del otro lado, un árbol de guindas, un pino y un jardín. Las gatas probablemente te sigan si se dan cuenta que tú eres también uno de ellos.
Aunque te he mencionado el jardín como algo insignificante, al final de esa enumeración en la cual falta el columpio y varios árboles más, debes considerarlo con mucha atención, porque de ahí probablemente surja algo que puedas saborear como si estuvieras en tu propia casa. Y ahí, entre papas tiernas (de esas amarillas como las que saca mi abuela en Chiloé), quizás llegues a saber algo de esa amargura transformada en alegría, que no tengo por qué describir. Es que hay también algo que debes saber. Lo importante de toda este montón de palabras no es el hecho objetivo, fecha, hora de ocurrencia, personajes y lugar, como en esos tediosos listados de batallas con los grandes generales de uno y otro lado, cifras de muertos y cambios limítrofes. Lo realmente importante, es saber si es posible arrancar papas, lechugas y zanahorias de la tierra que consideramos reservorio de suciedad y destino final de todos nuestros pecados, en algo realmente sabroso que podrás llevarte a la boca o guardar en la mochila para llevártelo.
Hago un paréntesis. No es por ser majadero ni abusar de la paciencia de todos, pero te puedo decir que fue recién ahí cuando se me permitió cerrar el círculo claramente, saber que cuando sacas bocados de cada alimento te llevan a uno u otro lado. A veces puedes tener deslices, y eso lo entiendo, como también me sucede, pero no está demás al menos conocer y medir sus consecuencias. Yo creo que allá al menos tu hijo menor lo tiene claro, aún cuando parezca que todavía sus pasos en la vida adulta son frágiles. Siento que debo convencerte de lo contrario, pero para eso primero tengo que convencerme yo.
Es extraño, por decir lo menos, que me haya dado cuenta precisamente ahí, en ese lugar de tanta naturaleza, tanto campo, tanta tierra, de lo importante que es la comida, y tal como ellos en su gran jardín lo hacen, apreciar cada guinda, cada brote, cada preparación magnífica y añorar tanto estar nuevamente sentado frente a la mesa saboreando esos manjares que difícilmente podrás encontrar acá. Puedo estar exagerando un poco, ya hace tiempo que en Santiago nos invadieron con plásticos y grasa, pero lo esencial en este momento para mi es darse cuenta.
Nuevamente se me llena la boca de esa idea. Darse cuenta, entender, "cachar", es lo que podrás hacer si te quedas acá a descansar, como yo lo hice, mirando esa cara tan llena de risas y esos ojos azules bajo el pelo fuertemente amarillo, que con cariño te miran y te invitan a degustar ese queso añejo, repleto de historias tan lejanas y que sin embargo logré introducir sin que ellos pudieran darse cuenta en la mochila para llevármelas en el siguiente viaje.

Un abrazo grande para todos ustedes por allá, y especialmente para tí.

Ismael.


2 Comments:

Blogger Unknown said...

está bueno, pero los carteros no son malos.. jajaja

nos vemos en teatro

septembre 08, 2006 5:15 PM  
Anonymous Anonyme said...

No tentendí nada, Pero está entrete. Como estuvo el Queso?.

octobre 03, 2006 1:59 PM  

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