Me han quitado la piel pero sin dolor, el pelo sin arrancar, los ojos sin dejar de poder mirar, pero por sobre todo, la cabeza, y las han repartido en cientos o miles de personas. No se si han agregado más o menos vértebras, o si agrandaron las existentes para formar a aquel policía, a aquel que viene caminando en la esquina, al otro tipo del terminal que con cara firme y tiesa me explicó como llegar hasta acá.Y a pesar de todo, no puedo saber si fue un robo de ellos o mío. Es más bien mío, pero poca o ninguna culpa podría tener yo por mi bisabuelo (¿o tatarabuelo?), me refiero a ese que llegó a Punta Arenas en algún momento del siglo pasado o antepasado, a marcar con orina el territorio y obligarnos a quedar en el limbo de no ser chileno ni europeo, absolutamente desclasado, porque en último término, hubiera llegado con fortuna el desgraciado; pero no, tenía que venir a dejar pieles blancas, rubio mediocre, jamás danés blanco o checo trigo. Ahora que lo pienso bien, algún intento hizo: murió por allá por los 80, solo, en una cama de esa horrible ciudad argentina, junto a su nieta a los pies, para declarar finalmente que les legaría, conocidas y asumidas todas sus faltas, esa fortuna de miles de escudos completamente fuera de circulación, que se volvieron dinero de nuestros juegos de niños mientras pensábamos en imitar a los adultos como él y nos considerábamos todos iguales.
Pasan frente a mí esos miles que tienen mi pelo clonado, con esa maldita indiferencia por mi y las expresiones duras, que yo atribuyo a la guerra, aunque no se si de verdad están tan preocupados o les interesa mucho saber que armaron un ejército de la nada para matar serbios y musulmanes tal como ellos los mataban.
Para ser honesto, hace rato que me di cuenta que no soy de acá, y que no podría pensar siquiera en llegar a estar más de dos días. Veo en las mujeres la dureza de un orgullo para el que no encuentro motivo, son rostros secos que no se dignan siquiera a tratar de entender si quiero tomar un bus, ir al centro, lavar uno de los calcetines sucios que tengo en mi mochila o toda la ropa que ando trayendo. Están lejos de todo, si los ves, es como si miraras a través de un microscopio las bacterias reproduciéndose - clonando tus características - o peor todavía, como si tu estuvieras caminando en una burbuja de manera que ni yo puedo alcanzarlos ni ellos pueden tocarme, las voces que escuchas pueden parecer bajo o el agua o detrás de un muro. Y ahora que trato de hacer una descripción de ellos, no puedo, no me resulta porque no me pertenecen.
Nunca sabré por qué esas raíces en mi no existen, allá lejos en Chile hay algunos que pueden reivindicar sufrimiento del holocausto que les ha sido heredado, a otros, les basta ponerse un turbante y subirse a un camello y vociferar desde su nariz encorvada. Muchos no soportan quebrar los tallarines antes de echarlos a la olla (?) porque saben distintos a los que su abuela fabricaba en casa (de esos me río, ni idea tienen que ahora, quebrados o enteros, los hacen todos con harina de lombriz y en vez de huevo les colocan tartrazina).
En cambio yo, estoy aquí en esta plaza, desde las 5 de la mañana, cansado y resistiendo con mi libro, he dormido poco, igual que ese - mi árbol - que murió en esa casa, mis raíces se pudrieron para dejarme caminar libre y llegar hasta acá a observar los seres clonados reproduciéndose, o donde quiera. Mientras no logre saber qué es lo que estoy haciendo aquí, no tendré el merecido derecho a descansar. Lo peor es saber que llegué hasta acá y ni siquiera las raíces las pude encontrar. Lo mejor es saber que debo seguir caminando.

Pasan frente a mí esos miles que tienen mi pelo clonado, con esa maldita indiferencia por mi y las expresiones duras, que yo atribuyo a la guerra, aunque no se si de verdad están tan preocupados o les interesa mucho saber que armaron un ejército de la nada para matar serbios y musulmanes tal como ellos los mataban.
Para ser honesto, hace rato que me di cuenta que no soy de acá, y que no podría pensar siquiera en llegar a estar más de dos días. Veo en las mujeres la dureza de un orgullo para el que no encuentro motivo, son rostros secos que no se dignan siquiera a tratar de entender si quiero tomar un bus, ir al centro, lavar uno de los calcetines sucios que tengo en mi mochila o toda la ropa que ando trayendo. Están lejos de todo, si los ves, es como si miraras a través de un microscopio las bacterias reproduciéndose - clonando tus características - o peor todavía, como si tu estuvieras caminando en una burbuja de manera que ni yo puedo alcanzarlos ni ellos pueden tocarme, las voces que escuchas pueden parecer bajo o el agua o detrás de un muro. Y ahora que trato de hacer una descripción de ellos, no puedo, no me resulta porque no me pertenecen.
Nunca sabré por qué esas raíces en mi no existen, allá lejos en Chile hay algunos que pueden reivindicar sufrimiento del holocausto que les ha sido heredado, a otros, les basta ponerse un turbante y subirse a un camello y vociferar desde su nariz encorvada. Muchos no soportan quebrar los tallarines antes de echarlos a la olla (?) porque saben distintos a los que su abuela fabricaba en casa (de esos me río, ni idea tienen que ahora, quebrados o enteros, los hacen todos con harina de lombriz y en vez de huevo les colocan tartrazina).En cambio yo, estoy aquí en esta plaza, desde las 5 de la mañana, cansado y resistiendo con mi libro, he dormido poco, igual que ese - mi árbol - que murió en esa casa, mis raíces se pudrieron para dejarme caminar libre y llegar hasta acá a observar los seres clonados reproduciéndose, o donde quiera. Mientras no logre saber qué es lo que estoy haciendo aquí, no tendré el merecido derecho a descansar. Lo peor es saber que llegué hasta acá y ni siquiera las raíces las pude encontrar. Lo mejor es saber que debo seguir caminando.


2 Comments:
je going to eregistrer un commentaire... la pesadilla de sentirse clonado, lo que para algunos pudiera ser un gran sueño.. no sufres de delirio de grandeza, como Napoleón, Hitler, Stalin, Bush, Pinoshit o Fidel Castro.
Digamos que es al revés. Quiero decir, es tan así que no tienes ninguna importancia en el resto. Tan común que no destacas. Tan típico que no mereces giro de cabeza. Para colmo, dejaron a los clones una personalidad tal que no son capaces siquiera de tratar de entenderte.
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