jeudi, septembre 07, 2006

De qué sirven los diplomas en un costado del armario, el lápiz en madera colombiana grabado con tu nombre, el inglés y el francés mediocre, los halagos de tanta inteligencia ("tu puedes aprender cualquier cosa"), el dinero insuficiente a fin de mes, llega imaginariamente al bolsillo, el segundo lugar siempre en todo, este u otro viaje de Yucatán a las Torres, caminar infinitamente con miedo, si el tren se aleja poco a poco de esas luces al más puro estilo Tokio (según muestran las películas, claro) grandes, hasta el cielo, azules, rojas, rosas, negras... ¡ah! BladeRunner, casi casi, con la diferencia que tienes miedo al alcohol y ni hablar del aspecto físico, aunque sabes que no terminarás conduciendo un descapotable por el descampado lleno de flores y bosques a la distancia. Existe ese miedo y el frío en los pies, los que detesta ella (también detesta sus propios pies, y los de cualquiera que se quite los zapatos luciendo su desvergonzada desnudez) pero hace calor de los mil demonios y es buen momento para tomarse una cerveza, esa que te han extendido por sólo 2 euros 10; es la felicidad de al fin estar en el tren con el que jugabas de niño, soñando el mundo de "familias bien constituidas", en casas "ornamentadas adecuadamente", con calles para jugar y autos, uno a cada casa, y todos sus habitantes-mutantes iguales ante la ley.
Al fin y al cabo, todas esas mentiras no son más que cuentos para niños, burdamente relatadas para que te no te des cuenta que el destino es estar ahí durmiento en ese camarote junto a otros tres desconocidos, el olor nauseabundo de cuerpos en sueño temeroso, de puro miedo a cruzar la frontera, miedo a quedar del otro lado donde no se sabe qué podrías encontrar.
Por fuera es todo cuento de hadas, la ciudad de colores alejándose al vaivén del vagón, tú adentro, sabiendo perfectamente que es una experiencia única, sabes también que más allá no hay nada, nada de qué jactarse, nada para decir: "sí, aquí estuve yo, mírenme, fui martir contra los opresores de Chiapas, salvé vidas en Kosovo, cuidé del enfermo, invertí dinero en acciones (y estafé a cuanto idiota me encontré), tuve esta y esta otra y miles de mujeres perfectas que se arrodillaban ante mí para ofrecerme su sexo en vómito de sexualidad, grandes pechos y piel perfecta, culos inmensos, bocas y labios de vagina, piernas de metros que van desde el suelo hasta el lunar en la mejilla.
Nada de eso es cierto, como la mentira construida por un acto teatral, ese que estudias sin esperanzas de logro y perfección, como el francés, mentira de burbuja construida para proteger la fragilidad de una vida inútil, que no llega a final de ningún camino y terminará como muchas otras, burlada por La Vida, la que se ríe de tí para darle a los elegidos la verdadera oportunidad de un reconocimiento: podrá ser quizás una página del diario por suicidarse. O mejor todavía: ese que lo señalan y del que todos hablan, ese que tiene la puta más puta de la ciudad. Ese que es dueño de todos los supermercados, hijo de inmigrante. Aquel que viajó a Nepal. El protagonista de la película de moda.
Hasta el patético gerente apitutado, ese que es un hijo de militar admirador de tortura y asesinato político (y que probablemente sí estafó a muchos), o la maldita vieja católica de la televisión pueden llegar a ser motivo de esa nueva infección que te han sumado los gusanos en la espalda, la insana envidia.
Envidia que no servirá de nada, pues estás ahí en el departamento, reposando en la cama de pieza más chica y no ves la diferencia entre eso y el camarote sudoroso del tren que soñaste viajar cuando niño, dentro de esa casa en miniatura, y toda la pequeña villa realizada en la imaginación solamente. Parecían una realidad, sólo que tal como ahora, intuyes que es, como lo que tocas un accesorio de plástico perdido en la basura, ese árbol de pascua que también se fue en una bolsa negra, con luces y todo, ese bajo el cual te recostabas a jugar de niño esperando los regalos donde seguramente habría algo nuevo para el tren que había llegado la navidad anterior. La misma envidia que llevó a esa maldita mujer a tomarlo un día y condenarlo a morir aplastado en el camión, entre cajas de detergente, restos de comida, botellas y papeles.

1 Comments:

Anonymous Anonyme said...

Bueno. Son comentarios algo negativos pero bien.. Ya voy a fumar y mas rato sigo leyendo AEVP

octobre 03, 2006 2:17 PM  

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