Esa casa tiene un techo de una sola agua. Un pasillo circula indefinidamente entre una y otra construcción, girando en torno a un damasco frío que alimenta a una mujer enferma sobreviviendo y maquinando la forma de volver sin regresar, llegar a aquel espacio que no le pertenece por herencia, vendida a precio de pocilga a un hombre obeso y degenerado, putrefacto en la más ignominiosa de las formas que podría imaginarse. Muchos años atrás, hojas de parra y ciruelos formaron una capa de más de veinte centímetros sobre las terrazas y patios, impidiendo el paso hacia un lavadero que al fondo ocultaba un perro o quizás un gato muerto, enorme, que con sus ojos abiertos, llegó a descansar para siempre en un lugar oculto. Vi cuando lo sacaron, el olor nauseabundo de la muerte por primera vez sobre la nariz, esos olores que se pegan sobre la piel y permanecen días, quien sabe si hasta ahora, con las miles de bacterias rondando las heridas y la tristeza de la pérdida de un ser que no tiene pasado ni menos podría tener futuro en memorias inconexas de quienes caminamos en cuatro o dos extremidades. Las hojas caen continuamente, invierno, otoño, primavera, verano, desde el verde puro de vida hasta el café que señala una y otra muerte, son motivo de las más desagradables quejas de la dueña de casa, son crujir bajo los zapatos de alguien que juega a inundar una y otra vez el zurco que separa las grandes plantas del pasto que nunca crece, así se forman los necesarios ríos que separan los territorios donde un ejército de plástico lucha contra otro igual por territorios y países inventados, sorteando los más increíbles obstáculos de posiciones y estrategias en la mente, donde no importa mucho si el barro los oculta para siempre o las plantas son demasiado grandes para ser árboles normales, podemos suponer enormes alerces o hayas o las sequoias de la enciclopedia, fotos en blanco y negro que hacen dormir a cualquier niño de 4 o 5 años, pero que no son capaces de perturbar un mundo creado a golpes de lectura y paciencia, trazos como los de una pintura que poco a poco se perfeccionan logrando cada vez más detalles hasta la perfección: al final, puentes, fortalezas, trincheras, cobijan a los ejércitos que se enfrentan llegando en teleféricos desde el gran árbol que no es otra cosa que un edificio gigantesco donde un imperio de mentira intenta mantener el orden de territorios que no miden más que el patio de una casa.Él tomó una madeja de lana y realizó el primer trazado del sistema de movilización que conservando la escala, llevaría a las personas a kilómetros, entre un árbol y otro. Lamentablemente, la lana es áspera y se corta fácilmente al deslizar sobre ella un pequeño lazo que sostiene un carrito, seguramente una caja de fósforos convertida en impresionante maquinaria, el tren que como triunfo de la ingeniería sortea las distancias de unos cuantos metros, decenas de kilómetros a escala, en consecuencia, es necesario mejorar el sistema, necesitamos proveer un mejor material, algo recubierto, firme, plásticos suaves y además lubricados, que permitan deslizar desde un extremo a otro las maquinarias y sus usuarios, pequeños soldados de plástico armados en una época imaginaria, no tienen que ser perfectos, deben ser humanos, deben usar lo que existe, deben lograr su objetivo tan solo con los recursos de los que disponen, si no hay cable, deberá ser hilo, y si es hilo, debemos lograr que no se corte por el uso continuo, el roce como los dientes cuando raspan uno sobre el otro, por miedo o ansiedad o tan solo costumbre.
Árbol que se derrumba y deja su existencia en verde, termina jirón tras jirón, trozos que se acompañan por un tramo corto hasta convertirse seguramente en leña o sencillamente en deshecho, asaltado injustamente y desprotegido, no estaba el que debía haber estado ahí para resguardar su integridad, orgullosa y necesaria, entregada por herencia desde las semillas, impaciente no quiso ver más las subsequentes generaciones de niños inventando nuevos paradigmas, asimilando conocimientos con un embudo sobre el que se vierte la ciencia y las palabras, letras de estigma, paredes de cementerios, esculturas milenarias, olor de papel viejo y amarillento bajo tapas de cuero que esperan su turno para ser abiertos y entregar el poder, la dominación, piezas de dominó cayendo entre los sigilos de un ladrón de diamantes. Misericordia no habrá en la venganza por tu muerte, las cabezas caerán sobre el culpable de semejante crimen perpetuado; pero en realidad, todos saben que será tan solo el pretexto para justificar la agresión mayor, el nuevo árbol, el que también murió en la casa, porque fue eliminada la vida y las ganas de vivir, la proyección de cualquier idea grandiosa se ha acabado sobre sus hojas completamente muertas y secas, de un día para otro, las magnolias cayeron sin saber por qué, aunque yo sí lo sé.
Aviones sobrevuelan el entramado de ramas y hojas, un niño que nunca existió está jugando bajo el árbol queriendo contar la historia definitiva, esa historia donde él sería el protagonista de la salvación, cual mesías enviado para devolver la esperanza y ser líder de cientos y miles que siguen sus palabras, en sueños de grandeza que son, como él, tan sólo una imagen construida como un arcoíris, reflejos de luz sobre gotas que caen hasta la tierra traspasando sus poros hasta llegar a las raíces que necesitan el líquido y ya no están.
Cuando tú dejas de vivir tu vida, y te transformas en un objeto mecanizado que espera conectado de cables y enchufes, cobre de eletrificados esperando otro objeto que alimente las piezas, es cuando dejas de ser el personaje favorito de las historias, de estos cuentos, es por ello que hay que buscar nuevos árboles en vida, nuevos personajes que ilustren fotografías enmarcadas con luz y cuadros trazados por manos delicadas. Ahora puede ser el turno de escribir nuevas historias, pero mejor aún, participar de esas historias escribiendo en el vientre y en el cuello las nuevas palabras, los verbos que explican las acciones del pasado y el futuro, en lo que el contínuo puede expresar, nuevos árboles plantados, aún cuando mueran y sean cortados, o las pestes los corroan, o lleguen gollems que los derriben con sus manos para reemplazarlos por suelos de cerámica, o la angustia y la pena, la constatación de la soledad, los transforme en trozos de madera secos con las hojas cafés, aún así, es necesario tomar un nuevo magnolio y colocarlo sobre la tierra, regarlo y darle alimento, inventar batallas bajo sus ramas, volver a escalarlos, observar las hormigas que recorren sus caminos de cientos de kilómetros, tocar la savia, la sangre que aparece repentinamente en alguna herida, limpiar una a una las hojas y darles las caricias para llegar a ver si alguno, algún día, pueda verme morir y no verlo yo morir.

