dimanche, mars 25, 2007


Mientras baja el sol escondiendo las verguenzas, ese gato blanco de manchas grises cierra los ojos suavemente, sin saber y sin preocuparse de que pueda salir para él nuevamente, el siguiente día. Si nace espontáneamente el amor, la historia se escribe entre mis dedos; con ellos, presiono una y otra vez el plástico duro, para continuar eternamente las historias sin final, sin grandes personajes, sin hechos de gran trascendencia, políticas y guerras que de cartón, castillos de plumavit, como aquel que armé mientras aprendía que no se puede usar neoprén para pegarlo, ni se pueden cargar las pilas colocando dos cables a la corriente, ni se debe hablar de los viajes que has hecho, ni se debe contar qué has hecho con qué mujeres y dónde.
No hay salidas más que continuar, una vez más, el pie se mueve a caminar en Paris, y creo que será distinto. Correr entre las hojas sucias, mojar los zapatos en el río, dejar que los pantalones se sequen en la piel, arriesgarse a caer por un barranco, más vale hacer lo que hay que hacer de una vez. ¿Decirle a una mujer que la amas? Por qué no, me enaltece reconocer la falla existencial, como una grieta en un desierto por donde corre agua carcomiendo los destinos de una piel inmaculada. ¿Sentarte en una fiesta en un rincón observando las maquinaciones de los demás? Y qué, si me reconozco entre los ganadores de la partida: basta observar las caras. ¿Contar que los sueños de muerte te están quebrando la espalda? Buena idea, los ojos se abren cuando las historias de batallas, los cascos traspasados por balas salen a la luz como una película de gringos buenos y alemanes malos.
No hay luz en el camino, pero hay un parque salpicado de barro, cortado por barrancos, sembrado de las más infestas especies de insectos. Seguir escribiendo. Observar el sol que ya ha caido y ha dejado paso al fin al frío que quema. Buscar la nieve en el pelo negro, la mirada en el bar. Mirar las caras de ellos compitiendo, quién es más poderoso, quién conoce más, quién gana más, quién tiene historias más divertidas. No contar mentiras, no contar de personajes, contar de personas. Да Да, hablar su lengua, sentirla entre mi cuello y mis orejas, sentir el perfume que queda durante días impregnado, y sentarse a cerrar los ojos mientras el sol baja.

mardi, mars 20, 2007


Salí corriendo desde el tren, hacia una calle que me hacía recordar la ruta que siempre tomaba hacia algún lugar (inconnu) cuando era niño, una calle techada por árboles, pero esta vez sin casas, o casas nebulosas, o casas destruidas, casas sin uniforme, como el mío, verde oliva, con una insignia de franjas azul blanca y roja en un costado, igual a las de los otros, pero que me hacen su blanco, su objetivo a destruir, y he aparecido mágicamente en este lugar corriendo para salvarme de los que me han visto para comenzar a disparar buscando que la insignia con el águila bicéfala (¿o águila siamés?) en el cuerpo caiga junto con él y luego sea sepultada en una tumba sin nombre, entre estas casas que no debieran estar aquí.
La bala ha pasado en mi nuca, no se si se alojó o pasó destruyendo parte de aquellos huesos que bajan para cubrir ligeramente una parte del cuello, y siento algo caliente y líquido que sale para endurecerse inmediatamente al contacto con el aire. Me toco y es como tocar una vena que ha salido, o un trozo de carne, algo que brotó y quedó ahí sin hacerme caer, sin hacerme morir, pero que en cualquier momento podrá caer y dejar que el resto de lo que está alojado en la cabeza caiga (caiga quien cayese). Aunque sé que ya no lo tengo, que ya no es mío, que ya está afuera, me invade el pánico de perderlo y corro desesperadamente, tratando de buscar ayuda en ninguna parte. Las calles se parecen de una manera maldita a las de la infancia, los personajes asomados en las terrazas, algunos sórdidos obesos alcóhólicos que de niño me dieron temor, la vieja con la cuchilla que se para en las esquinas a gritar por su hijo robado, los árboles que más que dar sombra parecen encerrarte para no dejar ver el cielo o la leve esperanza de salida, un cerro en un parque que nunca existió, donde salen a pulular los decentes vecinos con sus mascotas. Me vuelvo a tocar y ya estoy seguro, unos 3 centímetros de cerebro han asomado por la nuca, pero yo ya he visto tantas películas, y sé que el cerebro al aire no afectará más que partes de mi memoria (¿o no?), no hay ayuda, una biblioteca donde encuentro gente que no sabe la guerra que afuera se libra, desde donde vengo herido, no les quiero mostrar mi herida, debe ser seguramente repulsiva.
Tengo miedo, y tengo poco tiempo para seguir corriendo, tengo poco tiempo para seguir conservando la herida limpia, se acumula a cada paso, polvo que encierra e infecta con sudores nauseabundos el trozo saliente, la sangre sigue brotando. Un haz de luz ha pasado sobre mi cabeza, justo en la frente, un prisma que ha apuntado y se ha quedado por una milésima de segundo encima, milésima eterna, quedé ahí para siempre, la oscuridad, la soledad, seguir corriendo (¿hasta cuando?) los pies en Belgrado, levanta uno y otro, los otros se hunden en su propia miseria, el cerebro se cae, no hay Sabaha, el pelo de miel se convierte en pelo caído de perro con tiña, el pelo negro está vedado, el pelo rojo vuela para no ser tocado por la herida infesta, el alcohol penetra poco a poco en la sangre, destruyendo el hígado y pegando la piel a los huesos, el prisma alumbra, traspasando la herida, y no hay absolutamente nada.
Nada queda, nada puedo ver, porque la vista se ha desvanecido, como todo en la oscuridad de las luces que suavemente titilan a lo lejos, donde la miseria y el odio se incuban como parásitos entre los sillones de un cine antiguo.
La loca carrera acaba, en la luz del prisma, en los pájaros que cantan entre los árboles de la calle, donde caí alguna vez en condena:

If you didn't care what happened to me,
And I didn't care for you,
...
You know that I care what happens to you,
And I know that you care for me
....
But I still feel alone.


vendredi, mars 02, 2007


Te quiero en los momentos de muerte que llevo acarreando en mi maleta. Te quiero incluso en los huesos que soy ahora y el humo que me consume poco a poco los pulmones, en la soledad de mi departamento, en sillones viejos donde mi columna duele día a día por el peso de mi propio cuerpo cuya estructura ya no aguanto y quiero tan solo el momento definitivo en que pueda echar tierra para no verla más.

Y a mi me gusta hacerte enojar, verte cambiar y también tus pechos

Jajajaja, te llamo en cuanto me desocupe

Qué?

Ups, en realidad, no sería malo


En el dolor de los ojos grandes heridos por amores que no son y aventuras que llevan cargas de penas arrastradas como una canasta que se encaja en tu espalda, en la mía ya agotada por ver tanta miseria y sin esperanza de encontrar miradas, como aquellas que se perdieron en la lejana España, esas que envidio sobre una mesa de un bar que desconozco, un lugar al que nunca fui, esas fotos de sutil inclinación sobre él, esas donde hay algo inexplicable que no puedo tener. Armo una novela de amor y dejo a los participantes, él y ella, jugar, sabiendo su final espantoso, la separación definitiva, pero la aliento con el único fin de escribirla en estas líneas.

En el aeropuerto con mi tío y mi viejo. Por qué?

Yo hablaba del 36 ½

Yo te debería acusar! Imagina te hubieran sacado una foto desde un auto

Roto el codo? Jajaja


Te quiero con las heridas sobre cada hombro, uno suavemente bailando mientras cantas en la cama (nunca vi algo así) quizás ellos cantaron también las canciones (sólo un lalalá, como tú) y fui yo quien le dijo a él: no te pierdas nunca la oportunidad de amar a alguien, ese consejo que me digo yo y nunca obedezco. El dolor de la separación a él lo ha traicionado y no puedo sentirme culpable de haber dado mi primer consejo en la vida; lo siento pero no me puedo perder la oportunidad de ver al menos desde una rendija lejana, las miradas en cautiverio uno hacia la otra, como me gustaría a mi, un mínimo instante en una foto que termina ahí mismo, en el preciso momento en que el autor soltó su dedo del disparador. Un final escrito desde hace tiempo, 1 de marzo marca el fin de la novela que nunca debió terminar así.

Ya

No pude ir, perdona. Un beso. Nos vemos mannana

Me encanta

Jajajaja, no es lo mismo

Debiste haber venido. Te hubiera tocado fuerte.


Te quiero porque recuerdo el perfume y nuestra última mirada, nuestros ojos, cada par apuntando directamente, algo que comenzó como una absurda broma de amigos heridos por la promesa de amor inconclusa, terminando en el reflejo de aquello que nunca fue, en una foto que nadie sacó, en la mentira inventada en mi mente de haber encontrado a Sabaha que murió perdida por las heridas de los gusanos que, tal como a mi cuerpo, carcomieron el resto de sangre que quedaba entre los huesos y la piel muerta.

Besos

Hay un interesado en el taller de h. Noguera. Pregunta si puede ir hoy. Llamame

Pero qué es lo que te da pena? No entiendo.

Tu último beso no fue sincero. Prefiero el teatro. Adios.

Our tiny relationship


Así ya no es justo, me molesta haber tenido la razón, la intuición de saber en el instante que debía abandonar una batalla perdida desde el principio, sin poder sanar la herida que se hunde en tu pecho blanco. Me rendí antes de tiempo y te desprecié. Debería haberme quedado como estaba, dentro de los muros, hundido en la incapacidad de predecir y entender cada sentimiento que pasa por tu cuerpo o el de cualquier otra mujer. No quiero ese don que me ha sido concedido. No quiero más teatro, ni actuaciones, ni sueños inconclusos. Puedo decir Te Quiero, pero no Te Amo, sentencia reservada para sentimientos recíprocos que entre nosotros no existen.