
Había escrito algo pensando en lo que pasó aquella noche, pero no me resultó. En realidad, puede que sí, que haya estado bien redactado y correctamente narrado, pero algo faltaba. Extrañaba algo en él. Era un diálogo, entre tú y yo, seguramente en un restorán, almorzando tal como el sábado, con la excepción de que tu no pronunciabas palabra alguna, quería emular burdamente el recuerdo, el lugar donde me miraste con esos ojos grandes que tienes, sus extremos bajan y terminan en una punta bien fina a cada lado, los bordes están muy bien delineados, las pestañas salen en una curva hacia abajo, luego hacia arriba, queriendo tocar las mías, que son pequeñas, el pelo que acacaricia suavemente tus mejillas. Parece que quisieras penetrar mis ojos con los tuyos. El texto comenzaba así:
"- Te lo dije. Te dije que no iba a escribir ni una sola palabra sobre lo que pasó ahí"
Luego yo seguía describiendo las mujeres de los libros que me han gustado, o las mujeres que me han gustado de los libros que he leído, o ambas cosas, porque cuando aparece una mujer en un libro, éste se transforma en ella, aparece en la cama de un hotel al lado mío o en el estante donde poco a poco vuelvo a armar mi vida, y puedo sentir lo que sentí esa noche contigo, eso que no quiero relatar porque es tuyo y mío solamente, pero que aparece en tantas partes escrito y todos lo saben, hasta en tu cara en mi casa que no es mía.
El problema de ese diálogo es que no sé como seguirlo; me puse a inventar banalidades inconexas de los idiomas y del viaje porque no puedo encontrar una relación, y en realidad no tiene mucho sentido, salvo que igual sigo no entendiendo palabras, en croata o checo, pero ahí es algo distinto, aburrido de mi parte, lento y fuera de lugar, fuera de contexto, no se como tendría que explicarlo: paciencia…dudo, borro, rescribo, es algo así: el problema es que todo eso está fuera de la habitación y no me gusta dejarla, no me gusta cuando no puedo verte en cada triángulo que refleja un pie desnudo, un hombro, el izquierdo, uno de tus pechos, tus caderas, ¿sigo? Para qué, si te habías dormido triste el sábado porque no fue lo mismo, ese día en que sólo alcancé a acariciarte y bajaste a mirarme entre tu pelo oscuro, trataste de enseñarme en tu cuerpo algo que yo ya se; pero no pude continuar, al caer en la duda de quién eres tú ahora, el miedo me invadió de nuevo, ese que aparece cuando sabes que tienes que continuar y no sabes cómo. Podría botar todo a la basura, dejar definitivamente esto, dejar de escribir y volver nuevamente a esconderme, pero no hay vuelta atrás si caminas en el vacío, ahí solo queda abrazar a quien encuentro, aunque sé que no puedo caer, porque no hay nada bajo los pies (¿acaso tienes alas?).
¿Te das cuenta de algo? Me estoy olvidando mucho del viaje. Se borra, es igual como si alguien pasara un paño y dejara el texto ahí marcado sólo por la presión del lápiz, las fotos están ahí, y sólo lo bello parece tener algo de sentido. Cuando llegué finalmente a Barcelona, tenía la tranquilidad de entender: viajar sería fácil y me gasté todo, arrendé un auto y manejé pensando nada, quise ser grande y arrendar una pieza de buen hotel, quise utilizar toda mi soberbia y ahogar cualquier problema con la tarjeta de crédito. Hasta último momento el miedo me tocó el hombro (aquí estoy, vuelve al ataúd conmigo, ahí dormirás tranquilo por el resto de tu vida, nunca encontrarás el patíbulo que añoras) y volví a fallar como siempre, justo cuando estaba donde hablan lo mismo que yo: parece que cuando no entiendo las palabras estoy mejor.
No quiero que me respondas. Cuando me respondes y hablas lo que yo hablo es cuando no se que decirte, tratas de explicarme tu cuerpo con palabras y no quiero palabras, quiero labios moviéndose y ojos entrando, manos en mi espalda, piernas entrecruzadas, ramas del magnolio muerto buscando luz en proporción áurea, algunas de sus flores salen de noche, otras de día, se abren y se cierran, caen al suelo, vuelven a salir porque son muchas, y todas blancas como tu piel. ¿Te molesta que hable nuevamente de magnolias? No será la última vez, no te das cuenta que todas ellas florecen de él. Él está muerto, por eso no lo podrás ver jamás como yo lo vi.
En el texto que escribí quería seguir el diálogo explicándote muchas cosas. Quizás habría sido interesante escribir comentarios sin sentido y palabras al aire, hablándote de ella y de todo lo aprendido, de mis amigos y de mi trabajo, así era más fácil todavía darle fuerza a tus palabras, cualquiera se daría cuenta que ellas son transfusión de sangre. A cada comentario mío, sólo puntos suspensivos tuyos: fue la única forma que se me ocurrió para denotar que yo sigo hablando y hablando y tus versos se escuchan mucho más fuerte que los míos, son capaces de traspasar mi carne y me viene un dolor y placer del averno mismo, luego no existe nada más que los recortes de tu piel en los espejos. Sobre el final, quería seguir hablando yo y tus palabras seguían silenciadas por mis manos, hasta que tú me respondías algo que yo si lograba escuchar:
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