
Volvió quizás, cabeza gacha, los hombros caídos, caminar lento, los pies arrástrandose, supongo, no lo vi. Como muchos días, exactamente igual, se sentó en su sillón a llorar. Ella se sentó en el carro policial, escondió el papel en su ingle, y poco a poco empezó a comerse pedacitos de papel, ocultando la evidencia de sus compañeros, de los cuales ninguno volvería a ver. Un soldado, tal vez un carabinero le apuntó el arma directo a la vagina, le increpó preguntándole: "¿qué tienes ahí?". Esa primavera de 1973, él volvía todas las tardes llorando, preguntando dónde estaba su general Prats, preguntando por qué tenía el privilegio de ver a tanta gente morir, tanta gente destrozada, tanta gente escondida. Antes que ella llegara al estadio, él logró llegar, dispuesto a salvar a su hija. Los fantasmas que posteriormente allí quedaron encerrados, no la vieron y tampoco vieron a las personas de la lista que terminaron hechas pedazos en la lista, masticada una a una, cada cabeza cercenada en sus dientes, sin saber dónde estaría escondido por días quien fue su marido durante 25 años, ese con quién construyó la utopía regada de huevos con cebolla, en un departamento abandonado a su suerte en Las Condes, aquel que fue allanado y nunca más habitado por ser humano alguno.
Lo veo a él llorando, su orgullo destrozado en la pérdida del uniforme que terminó podrido por la humedad de un armario, en los años 80, las armas olvidadas en un cajón, las canciones perdidas en la memoria. Una tarde de primavera, le conté que necesitaba llevar una canción al colegio. Él me enseñó una canción que había aprendido antes de que aprendiera que la única solución al miedo era encerrarse para siempre en una habitación - como yo - y no ver a nadie, echar a patadas a cada uno de los seres que más quiere. Los de la izquierda, por miedo a estar en la lista que acabó en el estómago de su hija. Los de la derecha, por temor a compartir con alguien que lloraba por ver tanto odio expresado en tortura, golpes y violación. No quise aprender la canción.
Una tarde del año 56 (por inventar un año), se jugaba un partido de básquetbol en el sur, lejos en Punta Arenas, la República Independiente de Magallanes, esa donde los -ic no me dieron su apellido. Esa tarde él se dió cuenta que cualquier número podía ser escrito con un 8. Esa tarde, él inventó una de los innumerables artefactos que inventaría a lo largo de sus años, ese marcador magnífico con que formaban los números: 3-0, 3-3, 6-2, una herramienta para cortar maleza, un armario donde guarda sus clavos, un arco de pvc para mi, de niño. Les podré contar de una película, donde un muchacho se sube a una bicicleta para alumbrar un parto con un dínamo, él es exactamente igual a aquel muchacho (por eso adoro esa película, por eso quiero a los que la hicieron, por eso llegué hasta su ciudad). Él está todo el día creando e inventado nuevos artefactos, él está continuamente pensando, él está continuamente haciendo. Yo no soy nada al lado de él.
Él perdió todos sus amigos. Ya lo dije, los de izquierda se fueron porque desaparecieron o se alejaron, olvidándose para siempre del militar que podía traicionarlos. Los militares tuvieron miedo de que fuera lo que sí fue: siempre en su mente, el sueño de la revolución de la justicia, el sueño de las personas viviendo su propia vida, la esperanza de merecer lo que por gracia divina les ha sido concedido.
Yo tengo miedo ahora de tener amigos. El miedo de la traición, el miedo de la explosión en Buenos Aires, el miedo de ser delatado por tener el sueño. Yo nací y crecí con miedo, rechazado por denegar la historia, aquel día que dije "no" a aquel profesor, ese bastardo maldito que a partir de eso me persiguió por pensar distinto, esos que nos amenazaron por no delatar al compañero que gritó Basta, esos que quizás lloran ahora que saben que es mi historia de miedo la que vale y no las otras, las de mentira, las de violencia, las de odio. Ahora sólo se sonríen y aceptan mi verdad.
Quedamos sin personas a nuestro alrrededor. Quedamos con miedo. Quedamos incapaces de amar, y es por eso que ahora, no sabemos qué significa la palabra amor, recién ahora empezamos a tocar cuerpos y hablamos, miramos a los ojos, tocamos el cabello suave lleno de miel. Ya no hay vuelta atrás, nunca me acercaré a los que lo dejaron solo, con suerte cruzaré saludos y sonrisas sin amistad, negaré su condición de personas y su capacidad de pensar; hubo alguna vez un hombre, que nunca traicionó a sus amigos, que nunca golpeó y mintió, ese hombre que realizó mil inventos está ahí, descansando, algo enfermo, trabajando como lo haré yo por siempre, intentando imitar quizás en lo mínimo su sabiduría y su inteligencia, cual Nikola Tesla, dejando el legado a los que no se lo merecen.
La canción olvidada, como olvidados están los cuerpos de quienes nunca aparecieron, evoca el orgullo de un hombre que perdió la dignidad de aquello que amaba, recuerda el amor por la gente que perdió y que nunca más pudo ver, recuerda las personas que no conoceré por el miedo heredado incapaz de vencerlo pero con la esperanza de aprender a querer de nuevo.
"Al vibrante clamor de los clarines y
al solemne redoble del tambor....."
La canción que me enseñó él nunca la canté ni jamás la cantaré, nunca jamás será orgullo ni de él ni de su familia, y tendré verguenza de saber que alguna vez él existió, verguenza que me llevará a ser solitario, gato desconfiando de cualquier caricia, desgarrando con zarpazos el amor de cualquiera que se me intente acercar. La razón del temor, la razón de mi ser despiadado: aquel domingo salí sin misericordia a celebrar la muerte, a participar como uno más de los miles que rieron mientras los otros, cada vez menos, lloraron la muerte del traidor. Sólo por hacer historia.