jeudi, novembre 25, 2010

¿Qué será del sexo en una noche amortajada por la luna hiriente?. Asomando su cabeza gigantesca mira sus dominios, un territorio donde ya todos parecemos indemnes a cualquier provocación de las más soberbias, aquellas que nos dejan desnudos para la prueba de la historia que nos condena continuamente, una y otra vez, por dejar en la desesperanza a quienes nos necesitan, quienes confían en nosotros.
Luna de traición, luna de venganza, luna envolviendo el perdón continuo, una y otra vez, entregado a cada uno de nosotros por herir y golpear. Odio que viene desde los rincones de la cabeza, la mía, mirando con resentimiento y miedo a aquellos que vienen desde el infierno a traernos sus malas artes de dibujar nuestras vidas, acusarnos injustamente de los crímenes contra la libertad y el dinero, contra los valores sacros de la iglesia de raíces putrefactas encajadas en la tierra todavía ensangrentada. No puedo quedarme así. Tengo que reaccionar, tengo que levantarme y golpear, mover los peones y los alfiles en diagonal, dando estocadas certeras - no mártires - donde más duela. Y dar la mano, entregar mis ojos y sonreir cínicamente para esconderme tras cualquier árbol del bosque y emboscar en el camino que ya está trazado, seguro, elegido democráticamente: impuesto por la nueva monarquía, los fascistas y su clase, el poder del dinero, el miedo a perder el empleo, el miedo a ser desposeído, el miedo a fracasar.
Sí, miedo a la luz que sobre sombras te ilumina como la luna traicionera, que una noche te da la cara llena de alegrías, otras te observa esperando que caigas en el olvido de los túneles de Paris, donde deambulan todavía los maquís esperando caer sobre un nazi disfrazado de ser humano.
Te tiende la mano y sonríe. Fuma un cigarrillo contigo. Habla del desorden y la inoperancia. Saborea el placer de encontrar un culpable a tanta ineficiencia, desidia y falta de respeto por su moral, sus buenas costumbres. Te acosa. Te sorprende en el acto posando una mano sobre el hombro, insinuando las más pervertidas culpas sobre tu corazón y alma. Te condena.
¿Y qué hiciste?. Agachaste la cabeza, sonreiste y pediste perdón. Lloraste en silencio, buscaste culpables, riéndote de los que cojean y a los que les falta un brazo, de aquellos que tienen miedo como tú y se ocultan en las sombras donde la luz de la luna no llega. Ella muy serena, sólo intenta darte una mano, lograr que pienses usando su luz en tu mujer de largos brazos, porque dicen por ahí que son los brazos los que más atraen a un hombre.
En ella piensas y en ella también. Y te repasas historias de angustia. Te escondes en un departamento abandonado pensando en lo que quieres y no puedes lograr. Esperas a ver si la luna se esconde o se empequeñece, o se opaca en el cielo nuevamente azul de la mañana.
Claro, me gusta de alguna manera la acción. La soledad también. Recuerdas su pelo largo sobre la frente, y sus movimientos cada vez menos listos, como sus palabras, un poco inundadas por la cerveza que te hace escapar una leve sonrisa. Gustas de su cintura estrecha y sus brazos delicados. Su mirada y sus labios, pidiendo ayuda. Sus lunares sobre piel profundamente blanca, y te duelen las plantas de los pies de tanto esperarla y caminar y traerla, atraerla, sabiendo de la mirada traicionera sobre tu corazón.
No desespero. Me oculto y sigo el camino, como tiene que ser, amparado en la oscuridad, volviendo a mi papel de partisano, esperando el momento de convertirme en mártir, pero sin quererlo, obligado a los túneles bajo París.
Mi olvido. Mi miedo. Mi perdón. Mi venganza.