mercredi, novembre 22, 2006


Hay un punto blanco que se hunde profundamente en el vacío de tu sexo que forman tus ojos profundamente cafés, tanto, que creo que son negros. Una luna donde quiero entrar, quedarme ahí y derretir la piel blanca, es ese contraste fascinante el que me llama la atención, esos dos opuestos que luchan en las sombras que forman tus brazos, tu cara y tu mentón, pero por sobre todo tus párpados. Me fascina recordarte tendida en el pasto, yo mirando hacia el cielo, el calor maldito y tu haciéndome caso de palabras de tanta farsa que ni yo puedo creer que son mías. Un árbol se cruza mientras caminamos, me llama a tocarlo y trato de subirlo, tú sólo te ríes atrás, no entiendes nada, lo sabes muy bien, porque al final, hablo y hablo y nadie me logra entender, no sé si seré muy complejo, si ocupo palabras rebuscadas, si redacto al revés, si hablo en arameo o francés: me gustaría que me entendieras en serbio, si supiera una sola palabra más que “informasye”.

Me das el golpe primero y luego me abrazas, no entiendo por qué te dejas llevar por mis mentiras sobreactuadas, te ríes y me entierras un cuchillo de frente. Allá también, cada vez me pregunto más si sigo o no viajando, pero me importa bien poco si estoy aquí... o allá... en tu seno, encontré mágicamante la habitación del hotel a descansar y finiquitar de una vez, tu piel es la piel que busco, el parque es también donde me paro a ver al viejo jugando ajedrez contra el joven judío, la música, sorprendentemente, es la música española, y más aún, en la pérgola la guitarra y el hombre cantan en español, que es mi idioma, y te imagino bailando para mí. Las bailarinas de flamenco bailan de rojo, tu deberías bailar de negro.

Ahora recuerdo poco, sólo camino una y otra vez, trato de salir del parque y vuelvo a entrar, regreso y me siento a tomar algo, lo que sea con tal de pasar el calor, me duele la cabeza pero estoy tranquilo de poder irme, y quedarme. Poco importa si tomas o no el tren, las puertas efectivamente quedan abiertas, pero el tren parte, ya me regalaste tu sonrisa descansando en el pasto con tu cabeza sobre mi, lejos, en Belgrado.

mardi, novembre 14, 2006

Esa era, creo, una de las últimas tardes que estuve en Praga. Quise tener un tiempo para comprar algunas cosas, seguramente algunos regalos y un par de recuerdos. Me molesta no poder escribir bien Namesti Miru, pero lamentablemente no puedo hacer más, y fue ahí donde tomé, como los días anteriores, el metro hacia el centro. Tampoco recuerdo bien la estación en la cual el tren paró por unos instantes... y la vi, acompañada de un tipo alto, de lentes, chaqueta y corbata, algo serio pero agradable (supongo), y ella me miró, quizás ofreciendo su amistad, quizás queriendo escapar de él, quizás tan sólo coqueteando, no me importa mucho y no me importa porque ahora más que nunca me queda claro que el tren sólo pasó junto a la bocanada de aire frío que lo acompaña, como sus besos del final, esos que no acepté, no por despecho; el problema es que no me gustan los besos sin honestidad en los labios.

Yo también la miré y sentí infinito frío, una pequeña alegría por el leve encuentro y la vi más alta de lo que es, más correcta, mejor vestida y muy conciente de su futuro, con la claridad de una madurez que no tenía y la fuerza de vivir la mejor de las vidas en ese rincón o cualquiera, paseando con alguien que realmente la amara. Acostumbro a imaginarme la vida de las personas que pasan al lado mío, elucubro fantasías y situaciones sórdidas, casas pequeñas llenas de niños, departamentos incómodos o vidas aburridas frente a un computador intentando buscar alguien a quien por despecho al hombre con el que va de la mano, pueda lograr lo que quiere. Basura que no merece ser escrita. Más de alguna vez he acertado.

Lo que ahora vengo a saber fue por qué ella me miró particularmente a mí. Ese instante se transformó en dos o tres meses enteros en los que estuve allí, la recorté en espejos, la besé y la dejé al final, cuando me di cuenta de eso que me molestó tanto, cuando él se dio cuenta de su gesto, y la aferró firme y ella se dejó acariciar, no tomó el tren, no paró en la siguiente estación ni sintió el calor que hay arriba. Me sentí profundamente incómodo. Sentí su utilización para conseguir lo imposible, muy distinto a la muchacha serbia del bar, ese otro coqueteo fue directo a los ojos, directo con todo el cuerpo en danza, sin otras intenciones, puro absolutamente, te lleva en un “tómalo o déjalo” como un trago tras otro, más y más hasta embriagarse de las hojas suaves de la magnolia, así como Sabaha conquista con sus ojos azules y su mirada de inocencia y cariño sincero, no importando si es tan sólo por amistad o por amor de pareja.

Esa mirada, la de la muchacha de la estación, no me llena de orgullo por haber estado ella con él, ni me interesa llevarla, quiero las otras, las de Sabaha y las de la niña del bar, la de la chica de nuestra fiesta también y muchas otras. Suena entonces la bocina de aviso y una voz muy suave, con un dejo de erotismo dice: “Ukončete, prosím, výstup a nástup, dveře se zavírají”. Veo caer de entre sus manos un pequeño gusano que en el aire se transforma en mosca, vuela hacia la siguiente estación, siguiendo su olor a putrefacción. No puedo quedarme ahí, resuena en mi cabeza cada día: “dveře se zavírají, dveře se zavírají, dveře se zavírají”, y el tren parte conmigo, Yo, con más vida que nunca antes, la paloma atropellada en la calle anuncia que debo partir hacia el sur y soy feliz de llevarme su sonrisa al menos y aunque no la usaré en mi dibujo, al menos se que no la quiero. Puedo discriminar: lo que quiero y lo que no. Y las puertas se cierran, dveře se zavírají, dejándome a mi en el interior del viaje y a ella congelada en la estación.

vendredi, novembre 10, 2006


Vamos a ver gato, ahora, ¿qué pretendes hacer? Digo, de ahora en adelante, construir, rehacer o hacer, inventar, mejorar, destruir... no, ya no tienes esos sueños de destrucción que te venían como pesadillas diurnas en caminatas interminables o paseos en bus, tren, probablemente en el auto (que te quiere a pesar de todo) cuando manejas en piloto automático, es decir, sabes que vas a alguna parte pero jamás te acordarás del camino que hiciste. En definitiva, quiero saber tus nuevas intenciones.
Quiero construirme una muñeca. Un Gollem de barro, hecho de las partes de cada una de las mujeres de la historia, pero pon mucha atención: sería fácil nombrar pedazos y armar un puzzle, piernas de una cara de otra, pechos de esta, no. Eso está repetido, aburrido. Lo mío es más grande, es como esos proyectos que me gusta vivir y soñar, con fantasías que no puedes narrar y objetos que no existen en la realidad, libros de ficción en el espacio, de esos de verdad, donde la vida no es más que flujos de luz y soplidos de una boca, de una boca hermosa, pero también de abrazos en el metro, con besos que entran para derretirte la cabeza y luego se transforman en garras que apuñalan el corazón. Tiene que haber narices innombrables y miradas que inciten a besar, como un látigo que te agarra el cuello y te lleva para ser alimento de abejas que te ensarten los aguijones por todo el cuerpo, también una ligera inclinación de la cabeza y brazos extendidos para que yo la haga bajar de la gradería con sumo cuidado, porque es demasiado frágil y no puedo sostenerla, sólo soñar en un instante que está en mi mano, porque la puedo deshojar con sólo mirarla... ¿o no?
Puede ser ¿ah? Me parece que a tu idea le falta algo. Como un brillo o un anhelo legítimo, las palabras reales que permiten a todo hombre hacer lo que finalmente les de un lugar en una plaza o algún libro de historia. Necesito mayor complejidad.
También quiero silencios en el desayuno en la cama, pies recortados en los espejos, seducción de ella-s y rechazo de mi parte, para que así nunca traicione mis propios valores, no vaya a ser que en un momento me encuentre en la paradoja de amar simultáneamente, aunque creas que estoy viviendo así hace mucho tiempo, negándome una y otra vez lo que realmente soy. Quiero las manos de la bailarina, su danza pegoteada en el vientre del monstruito que he de construir, la piel del cuello debe ser tan o más tersa que los hombros que no pueden ser grandes ni fuertes. Quiero que la columna esté completamente erguida al caminar, la firmeza de los pechos y el bamboleo sutil de los brazos. En realidad, si te fijas bien, las partes físicas deben corresponder a las sensaciones que quiero, no al revés, si así no fuera, bastaría con pagar por la mejor prostituta del mercado pero el dinero no genera nada, no genera sentimientos.
Las muñecas hechas de pedazos tampoco. Vuelves continuamente a nombrar trozos de cuerpo, los sacas de ella, de la muchacha del bar, de esa otra que acercaste suavemente hacia ti sabiendo que la rechazarías, de tu musa que cortaste en los espejos. En resumen, tu tarea es bastante complicada, no se si tienes las energías para hacerlo, recuerda que te estás muriendo; además se te olvidan los gusanos en la espalda, la tumba de la que saliste, recuerda bien que no lo lograste por tus propios medios, te tuvieron que ayudar. Dudo realmente de que seas capaz. Dudo que te quedes aquí a rehacerlo. Dudo que encuentres alguna vez el lugar donde descanses. Es muy simple, tienes la condena de viajar, de cambiar, una y otra vez, volverás a Belgrado, pero te aburrirás allá, será nuevamente tu tumba, será lo que odiarás porque serás nuevamente atropellado o una jauría de perros te quebrará la columna de un mordisco, o serás envenenado por la mano de una musa, te tomarán de la cola y tu cuerpo tieso no podrá caber en el basurero.
Tengo profunda pena, de repente, después de 10 meses parece que hubiera visto tanto, me parecen años, años suficientes para poder construir con todo lo que sé mi sueño y no alcanza. Es tan poco, estoy recién aprendiendo a caminar, y el teatro parece tan inútil, ante la evidencia de que no puedo cambiar nada.
Te equivocas. Siempre quieres que pase todo y es sólo el presente el que vale. Parece que repites estas mismas palabras y tu cuerpo no las conoce. Esta vez, tu humildad te ha salvado. Dudo de ti, pero se que darás más y más pasos. Tengo fe en ti, pero no por eso puedo prestarte mi hombro para ayudarte a caminar. Felicitaciones, llegaste a Belgrado. Te tengo un regalo: la música de dos niños gitanos, uno toca el violín, el otro el acordeón, y son las melodías que a tí más te gustan.

vendredi, novembre 03, 2006

c) Hay una risa psicopática que se transmite entre los otros dos cuerpos, ambos en el terreno del lenguaje saben mucho más que en el terreno de las sensaciones, es por eso que se comunican hablando sin hablar, pensando mucho más de la cuenta, pero con igual pasión logran hacerse entender. El torbellino de sudor formado entre ambos no es más que el cuerpo desnudo de la vasija cegada para evitar que tenga mayor poder, que su desenfreno entre botellas de sauvignon blanc y chardonnay llegue a niveles incontrolables y los expulse hacia la verguenza de no hacer lo correcto; por lo tanto, es necesario que la luz de la habitación esté encendida e ilumine cada detalle del cuerpo de la derecha, desde la bella curva del hombro, la curva ligera en la espalda (aquella que brinda y nos dice soy mujer), las piernas estrepitosamente largas y los pies delicados que se dejan acariciar y observar ante la más mínima provocación. También está claro que debe iluminar el cuerpo central, aunque no lo necesita, sólo suspiros y respiraciones dan las señales continuas de agitación.
d) No está claro que el otro cuerpo, aquel del lado izquierdo, deba ser iluminado salvo los ojos, puesto que su escasa perfección le impide controlar completamente la escena y puede resultar un poco torpe ante las otras dos perfecciones contempladas; por lo demás, la observación es necesaria en su poco holística y muchas veces matemática concepción del mundo. Reconociendo su inferioridad, se hace a un lado observando caricias femeninas que no le pertenecen, que parecen no terminar, piernas que no llegan a completarse, pechos que se confunden de camino, besos que se niegan a respirar, pies que no se tocan por despecho.
e) Lamentablemente, al no haber sucesos más allá de lo esperado, a pesar de que nadie ha hecho movimientos diferentes, el recuerdo cierra el telón y apaga la luz, limpia todo rastri de sudor y acaba con el frío de la niebla, no reemplazándolo por calor, dejando tan solo un vacío de vida y sólo dos cuerpos despertando con el sol de verano miserable, abrazados sí, pero inmersos en mentiras de correctitud y groseras normas de comportamiento, con el gusto del placer de la noche, pero con la lengua seca y las miradas sin encontrarse por verguenza a verse desnudos, con la certeza de que podrían haber llegado mucho más lejos si todo fuera distinto, si las historias no se tuvieran que contar abandonando los instintos para guardarlos en algo que sí es profundo, ese miserable cajón repleto de sábanas y ropa vieja usado para guarecerse de los ejércitos de fantasmas diurnos.
Amanece y sólo queda rezar por el miedo a que nazca Rocamadour destinado a morir en una habitación oscura.