
Tengo los brazos caídos. ¿Es esto realmente lo que quería y esperaba?. Parece que fuera de acero y mi cuello se tensa hasta quedar absolutamente fijo, poste de una mirada al horizonte que no tengo porque son sólo promesas. Futuro, apuesta a la nada y parece que cada vez fuera peor, decisiones que son prácticamente apuestas y tengo miedo, aunque pareciese que lo tengo todo y cada vez mejor, cada vez más fuerzas, cada vez más promesas.
Me arrastro desde el centro del sartén y parece que tuviera que sortear miles de llamas saliendo de todas partes. Que alguien me ayude. Y no estoy solo, apagan los fuegos una y otra vez y yo los ayudo, pero cada vez aparecen más y no se si logre apagarlas. Sólo hay esperanza. La pérdida es ganancia al final, como Juliet, la gané para siempre, pero la perdí completamente, aunque evidentemente, ya la había perdido hace muchos años y no me había dado cuenta. No es Juliet la que marcha, otra muchacha que veo lejana, a través de un vidrio oscuro como algo antiguo o algo que nunca ha existido, va lejos y me siento feliz de ver su marcha.
Otras marcharon y la pérdida ya no me parece tan angustiante como antes. Madres que se pierden, senos que vuelan persiguiéndome bajo hombros suaves que no llego a tocar, morenas y blancas, algunas llenas de pecas, bellísimas, otras menos tersas, y aprendo qué es y qué no debe ser, what is and what should never be, que es música entrando y no puedo verla.
Quizás me quejo demasiado. Ya sí se donde vivo. Será el comienzo o el fin, que al final son una misma porquería basurienta rodeada de estigmas que permiten vivir, heridas laceradas golpeadas en la piel.
Gato, ¿qué hago ahora? Cristo se da vuelta y no se si me transformo en bestia o soy sencillamente humano.
Me arrastro desde el centro del sartén y parece que tuviera que sortear miles de llamas saliendo de todas partes. Que alguien me ayude. Y no estoy solo, apagan los fuegos una y otra vez y yo los ayudo, pero cada vez aparecen más y no se si logre apagarlas. Sólo hay esperanza. La pérdida es ganancia al final, como Juliet, la gané para siempre, pero la perdí completamente, aunque evidentemente, ya la había perdido hace muchos años y no me había dado cuenta. No es Juliet la que marcha, otra muchacha que veo lejana, a través de un vidrio oscuro como algo antiguo o algo que nunca ha existido, va lejos y me siento feliz de ver su marcha.
Otras marcharon y la pérdida ya no me parece tan angustiante como antes. Madres que se pierden, senos que vuelan persiguiéndome bajo hombros suaves que no llego a tocar, morenas y blancas, algunas llenas de pecas, bellísimas, otras menos tersas, y aprendo qué es y qué no debe ser, what is and what should never be, que es música entrando y no puedo verla.
Quizás me quejo demasiado. Ya sí se donde vivo. Será el comienzo o el fin, que al final son una misma porquería basurienta rodeada de estigmas que permiten vivir, heridas laceradas golpeadas en la piel.
Gato, ¿qué hago ahora? Cristo se da vuelta y no se si me transformo en bestia o soy sencillamente humano.

