samedi, juillet 28, 2007

Una vez que me conozcas sabrás que Yo no soy el hombre que parezco ser. Que desaprendí a hacer el amor y mis besos no llegan a la piel, salvo, quizás, contadas ocasiones que no puedo controlar. Sabrás que hiedo, por mil partes, y que tiemblo, al ver la belleza de una joven mujer como tú, envuelta en halo negro, velo negro, niebla negra, sobre piel pálida marcada por dos ojos que bajan la escalera de una casa abandonada, espectro buscando cuerpo, necesitando ver cariño, caricias, sutiles toques de dedos en el cuello en tus mejillas y en las orejas, donde no hay.
Ni siquiera una suave mirada ni tu cabeza apoyada en mi hombro, ni bailando en contorsiones de serpiente adiestrada por la música (y las bailarinas vuelven a mostrar su danza de látigos golpeando el aire plagado de humo) serán capaces de hacerte comprender que mi inmutabilidad no es rechazo si no temor de la piel de gato abandonada en un entretecho oculto, encerrado en un cuerpo desgastadoque siguió caminando sobre el vacío negro, descubierto de manglares en su fondo, tan solo piedras que no dañan más que la palabra impresa en la frente como tú: prohibido.
Una vez que me rodees verás un cuerpo desgastado y el temor de caer lo sentirás propio. La sangre disminuida y los golpes inconcientes en el hombro y en particular la pierna que continuamente dueleal doblarse, los sueños de ansiedad y esas ganas de dormir eternamente, esas que no puedo quitarme de encima, luchando uno y otro día por levantarme y poner ambos pies sobre la alfombra desgastada y manchada de mi cuarto, donde el refugio se ha convertido en caverna para evitar y ocultarse de mujeres como tu que a la vuelta de la esquina miran ocultas lo que no debería suceder, conversar de Praga, juntar una pierna tuya y otra mía y mirar a los ojos bajo tu mechón que descuelga sutil y desordenadamente sobre tu cara, en tu cuerpo delgado que ha sido salvado del gato callejero: Yo.
Una vez que toques, y no sabrás cuál camino seguir. El camino correcto, la traza directa. Un caballo se ha acercado, no se hacia dónde camina, pero debo ir con él, el bosque puede haber sido oscuro y difícil, pero la pradera no puede existir sin él.

jeudi, juillet 12, 2007


Marrón. Sequedad. El hombre está detenido, inmóvil en la foto, acercándose a una mujer al beso, aspereza, si se pasan los dedos por la piel puede ser seguramente un trozo de papel o cartón, o pasar los pies, sacándose los zapatos al tocar la tierra en la carretera de pleno desierto. Día nublado, nubes que no quieren soltar jamás una miserable gota en el cuerpo y un río que sólo es un lecho, una cavidad que se atraviesa a pie, recuerdo de humedad, lejanía del frío del sur, hasta las nieves son resecas.
Chevrolet Impala, ¿1959? puede resultar más parecido, maleta enorme, asientos donde el niño no puede ver el exterior, si no el inmenso panel del auto, la guantera, lejana palanca de cambios, dos o tres personas en la parte delantera de la cabina, parabrisas que no termina, observando la ciudad recorrida una y otra vez.
Caminando, tan sólo por seguir una ruta, una y otra vez, baja las calles a la playa, sube, recorre de nuevo la costanera, pies que se arrastran, cuentos e historias olvidadas, la mina El Toro, ¿quienes fueron al final? ¿japoneses o norteamericanos? siempre han hecho lo mismo, se llevan todo y no dejan nada, casas derruídas, caminos vacíos de rodaje, lagartijas buscando sombra y unas cuantas cruces siempre en 70 u 80 grados de inclinación con la tierra, no caen ni el viento las quiere botar por respeto u olvido.
Perro de pelo hirsuto, ondines blancos o más bien grises, mugre podría haber sido, yo creo que es smog, caminar cansado, ojos alegres, has llegado al fin a jugar, demos una vuelta, corramos por la plaza, saltemos, acompáñame a comprar el pan de la once, sé que eres mayor que yo, te debo respeto por tus años, lo irás a ver cuando fallezca. ¿Su nombre. monsieur perruno? Dugal para servirle.
Ahí está el Dugal. En la iglesia, muchos años después, techo alto y viento frío que entra por las puertas, el féretro se mantiene indiferente a las canciones, salvo una o dos, clichés por lo demás, evidentes, recuerdo prescrito cual receta médica aliviando corazones desdichados. Sin embargo, a unos tres metros del féretro, está sentado un perro, de pelaje cansado blanco, sin ganas ya de jugar, tan sólo venir a buscar a quien lo necesita. Observa el ataud con ojos de sabiduría, como un antiguo maestro oriental que espera a quien se va, portero de la noche eterna, vengo a acompañarte para recorrer la última caminata, o la primera, no importa, estoy contento (meneo la cola de felicidad), no vengo a recoger tus restos, no vengo a juzgarte, vengo a acompañarte. Muéstrame el camino. Es por acá. No, tonto, que sea perro no quiere decir que sea un cancerbero, bueno, es lo que hay no, si querías alguien que te viniera a buscar, quién mejor que yo. Cuando le dijeron a ella que te habías muerto, dijo: "que bueno, que se vaya al infierno", así que aquí estoy pues, te vengo a buscar.... es broma. Mírala, ahora está ahí sentada, ya no entiende nada. Sí, ella me vio... dile algo. ¿Qué puede ser? solemnidad amerita la ocasión. No, no es necesario, al revés, tienes que ser como siempre fuiste, socarronamente, picar donde duela con cariño, hazle saber que su mayor defecto es inclusive deseable, es lo que te lleva a estar con ella. "Me morí, me voy, te vengo a buscar Anita. No, es broma Anita, pero de verdad me voy, jajajaja".
No hay como escuchar el propio nombre en un funeral, aquel que se va es igual a uno mismo, refleja en cada hijo, el mismo nombre, en cada nieto, el mismo nombre, condena de asistir a enterrar al anterior, no puede ser otro quien lo haga, cada descendiente del mismo nombre tiene la misión de reir por quien se abandona al descanso eterno, de recordar la burla hasta en el sufrimiento propio, es al fin y al cabo, parte de la vida. Quien ha muerto gustaba de caminar, mejor dicho, no tenía otra alternativa, los riñones llenándose de piedras sólo se aliviaban con dicha actividad. Debo cuidar que las plañideras no me sorprendan riéndo, aunque sé que aquel en el cajón se ríe conmigo, sus propios hijos decían que para seguir caminando, le comprarían un soporte para evitar que cayera, y ante eso sólo queda reirse también. Feo me miran si no me persigno, pero es que si me persignase, seguramente lo haría mal, y una invocación al demonio no me hace gracia para quien muere, aunque lejos está más alla de cualquier alcance.
Libros que se horadaron por termitas, guardados en un refrigerador en desuso, otro maldito miserable chiste poco gracioso, son para ti, son para que los cuides, son para que los leas, líneas de letras, Smirnov relatando aventuras en la lejana Siberia, la historia del humorismo en Rumania, en Hungría, en Silesia y Gales; Poe traducido directamente del inglés, 1884, aventuras de navegantes españoles en papel de biblia con adornos a los lados, dibujos en tinta china, trazos delicados, unicornios y faunos, Andersen, Grimm, tardes en una alfombra leyendo en pantalones cortos, durmiendo y continuando la lectura, una mirada de admiración del finado y la promesa del regalo prometido.
Me voy. Lo se, no eres el primero, ni el último. Te dejo los libros. No es lo más importante, ahora sé que lo quisiste mucho, admirado, vilipendiado, pero innegable; te pido disculpas por dudar de ti. No te preocupes, me acompaña el Dugal ahora. Lo se, mi abuela lo vio, además, no te aguantaste de tirar la última talla. No, jejejeje, eso es Ismael Cortés. ¿Hay algo más que me puedas decir?. Lo demás lo sabes, tienes que estar ahí siempre. Es cierto, disculpa por no haber estado antes. No te preocupes, lo entiendo, a veces las heridas te hacen insoportable. Todo esto ha sido mucho más de lo que yo esperaba. Escúchalo ahora, y la voz de todos los demás, deja de juzgar, aprende, lee, busca tu lugar. Gracias. De nada.

dimanche, juillet 01, 2007

Oscuridad. Frío que corta las mejillas y sutilmente hace unas heridas sutiles, que en realidad no son tales, si no tan sólo un ingenuo proceso de adelgazamiento, necesario para mostrar las venas que bajo una piel cada vez más transparente, intentan salir y mostrarse al aire que aparece repentinamente húmedo entre la lluvia, las gotas que se destrozan en polvillo volando entre plantas recortadas de manera perfecta, rodeando una casa de cientos de tejas sobre pilotes que le dan la altura necesaria para que bajo ella se guarezcan dos gatos, y a veces, algún otro animal ignoto. Se debe quebrar porque no es perfecta. El negro se rompe por culpa de una luz intentando osadamente creerse estrella en la tierra, brillando detrás de una lengua de mar que se adentra entre islas de mentira, trozos sencillamente colocados como si alguien hubiera armado una maqueta y decidido por simple capricho colocar una y otra bajo un paisaje pintado a mano con óleos que difuminan las montañas tapadas esta vez por nubes que pasan tan sólo a doscientos o menos metros, porque quieren caer sobre mi cabeza ojalá llevarme sobre ellas y lanzarme un poco más al sur sobre olas que comerían mi cabeza hacia el interior a llevarme al destino definitivo.

Negro que cubre el agua de una laguna cuya oscuridad es mayor aún, pero distinta. Es turbia. Rellena de trazos de hojas y barro que recorren cada centímetro de líquido que, sorprendentemente, no se encuentra infesto, pues es nada más que tierra en suspensión que limpia los vellos si hundes la cabeza. Salgo nuevamente, esta vez, tengo que dar dos vueltas a la llave para abrir la puerta y enciendo otro cigarrillo más; al mirar, noto que la luz pretensiosa de ser estrella tiene la sencilla forma de una ventana. ¿Habré estado equivocado antes? ¿La habré juzgado injustamente como tantas veces he destrozado personas a punta de palabras y gritos innecesarios? Seguramente, la luz que se cierne detrás del cerro boscoso – se que está cubierto de árboles porque lo vi hace unas cuantas horas - resulta mucho peor para mi amada oscuridad, pues ilumina hasta la nube que no es capaz de tragársela en su camino hacia la tierra, y no logra caer sobre otras cabezas que, refugiadas en sus casas frías recubiertas ahora con latas (ya no existen esas maderas añejas y grises que años antes daban un calor desconocido a las cocinas de techos bajos donde se acurrucaban unos y otros) deben tan sólo estar pensando en la rutina del día siguiente, trabajos simples, el almuerzo y un par de cuidados especiales al campo, alimentar una decena de gallinas, cuidar de unas cuantas ovejas bajar y conseguir la leña escapatoria del frío que sólo yo busco.

Golpes de viento y agua, en ritmo sinusoidal caen, primero más fuerte, luego despacio, parece que de repente se calmaran y luego más fuerza imprimen, no se cansan de arrojar sobre las ovejas y los árboles más y más agua, se detienen de improviso, vuelven a arrojarse, se mueven como la nube que observé hace unas horas, en las que todavía una cobarde claridad de sol iluminaba la pared donde este cuadro de mentira estaba dibujado. Estoy sentado escribiendo y es como si de improviso el frío entrara, como en esas baratas películas de terror antiguas, colándose como demonios en niebla bajo las puertas para acuchillar piernas y brazos. A diferencia de los otros, yo no les tengo miedo, porque son parte de mí. Me vienen a buscar para llevar mi cuerpo donde pertenezco, al frío, a la oscuridad absoluta, y el terror no es porque deba escapar y salvar mi vida de los fantasmas que traen, si no que es por no hacerles caso nuevamente, negar la verdad, negar que son parte de mi y yo soy parte de ellos. Alguna vez pensé que el calor de las playas podía llegar a ser igual que el viento del invierno, pero debo haber estado equivocado, es una lucha en la que yo no se de qué parte debo estar, pero la esencia es a lo que todos temen, al vaho que sale de la boca cuando respiras, al cuerpo tiritando y el sueño que mata repentinamente si llegas a quedarte dormido.

Hoy es una luz distinta la que ha roto la oscuridad. Se presentó al atardecer, poco antes de que la oscuridad reinara en su absoluta grandeza, digamos, cinco de la tarde. Ilumina el cielo, rompe el aire, golpea blanco, frío, más frío que el granizo que lo precede, abre todo por unos segundos, muestra la verdad, muestra el descontento, la angustia, desnuda la soledad abrazada por miles de árboles sobre el pasto, donde duermen observando impávidos los corderos, esperando a golpes de paciencia infinita muerte segura o maldad o bondad y humedad de lanas enrolladas entre garrapatas y lodo remojado. Ilumina el cielo por un segundo, dos quizás, pero a destellos pausados, y luego, silencio, entonces los oidos sienten a lo lejos el tronar, golpes de tambor, valentía de martillos golpeando el yunque, secuestrando la sequedad por un instante, inspirando con fuerza para luego escupir con la fuerza del estómago todo el viento frío, el agua congelada que derrite las plantas para volverlas negras, quemadas en su propia piel.

Salgo esta noche nuevamente, enciendiendo un cigarrillo, vicio delicioso, vicio que llena de alquitrán la piel reseca, destruyendo y cambiando el color de la piel, blanco a amarillo, dejando impregnado su olor por el chaleco, fuerte en la tela de la polera, peor en el cabello. Hacia afuera, sólo hay dos negros. Uno intenso sobre los prados, otro claro sobre el cielo, se parten en cuatro, dos en el cielo, dos en la tierra. Los dos del cielo aparecieron primero, disparejos, divididos invadiendo uno contra otro, uno encima, el otro más abajo. Otro pestañeo y distingo seis, ocho, y las luces vuelven matándolos, disgregándolos en cientos, así como llega el día más corto, es así como ellos se destrozan, así como el calor comenzará poco a poco a avanzar luego de cada 21 de junio, marco el fin de la aventura, el fin del dolor, el comienzo de la vida, la luz dividirá en tonos verdes y blancos temperados, los blancos de flores, espero que lleguen con paciencia, pero el miedo persiste: ¿será verdad la profecía?. Mientras tanto, es necesario hibernar, comer y seguir con el sueño, dormir para no despertar y pensar en la oscuridad.

El primer frío llegó directo a la cara, es ese el que me gusta. Hay otro que sube desde la humedad del suelo por los pies, mientras las manos se congelan en el agua helada, es entonces que el cuerpo entero se va congelando poco a poco y parece que los músculos se detuvieran uno o varios instantes, dejando sólo insensibilidad en los brazos, que sin inmutarse son capaces de traicionar las órdenes y quedar inmóviles uno contra otro, deseando no haberse acercado jamás al vaho que sube desde el cemento congelado por escarcha. El tercer frío se siente en las piernas y penetra primero las telas que las cubren para tocar los pelos que intentan en vano rechazarlo sólo por vencer, lograr una victoria inicua, rebelde, absurda. Este frío sube por debajo de la ropa que puede quizás cubrir mejor el tronco, cual caballo de troya, destruyendo las últimas barreras desde adentro. El cuarto frío aparece en la mañana al despertar, y se transforma en lo que todos llaman “vaporcito” saliendo por entre los cubrecamas, donde la luz ya ha penetrado para abrir los ojos solitarios, deseo de abrazar un cuerpo inexistente, una mentira construida en la esperanza, imagen de meses a la espera y miedo de no hacer lo correcto, mirar hacia el interior en la búsqueda del verde cubierto de moho y escarcha.

El único frío invencible es parecido al cuarto, el frío de la luz que a pesar de su propia energía no logra calentar para llevar a la decisión definitiva, la desaparición absoluta que no permite si no generar nuevamente un halo de vida, el hilo interminable que parca no es capaz de cortar por no tener la tijera adecuada. Nada o todo, frío y oscuridad, la clave del secreto, tumba oculta donde florece un árbol sólo viviendo del recuerdo.