samedi, janvier 27, 2007

La muñeca de trapo está sentada en el sillón, con sus extremidades completamente relajadas y mirando hacia la pared de ninguna parte, blanca entre los ladrillos pintados. Contempla, quizás pensando nada, o pensando todo lo que desea saber y lo que ya ha internalizado entre las miles de mujeres atrapadas entre los restos inertes que la componen. Toda esa vida contenida me incita a acercarme y moverla con cariño, suavemente tomarla entre mis brazos, para sentarla en el sillón del frente, así yo pueda ocupar su lugar, para contemplarla con odio y pasión entre su inalcanzable belleza de miserables harapos, vestida entre las mismas costumbres que aprendió mientras la armé, poco a poco, día tras día, idea tras idea, sentimiento tras sentido, pasión tras vergüenza y admiración ante mi pequeñez de virilidad altanera.
Me acerco suavemente con temor de despertarla y de ella extraigo un jirón bajo el pecho. La mujer que he escojido es una especial, un ángel capaz de transformarse en fuego y demonios, otra más que desde un cuerpo pequeño, en los huesos, una cara de serenidad y absoluta firmeza ante la vida. Guarda entre sus brazos, una niña que cree pequeña y ya no lo es, queriendo protegerla de todos los despreciables odios de cada ciudad que visita, de cada país a fin de cuentas, porque es una mujer que ha viajado mucho, escapando, dicen algunos, buscando, dicen otros; yo digo, nada más que sobreviviendo. Al parecer, nunca salió de su país, el mio, sin embargo, su cuerpo escapó primero cruzando la cordillera hacia el sur, valientemente hacia el frío que teme, a las nieves y el viento sin vida que a mi me gusta disfrutar en las mejillas y que ella detesta porque penetra en su delgada piel hasta calarle los huesos. Fue capaz de quedarse sin nada para proteger a quienes más quería. Puso una y otra mejilla, pasó hambre, dejó de dormir, viajó horas día tras día para dar de comer a la niña entre sus brazos, alimentos espirituales, alimentos de cultura, alimentos de esperanza, alimentos de protección, una y otra vez, dejó atrás todo lo que tenía por sobrevivir hasta llegar a quién sabe donde, miles de kilómetros alejada de su familia, sola nuevamente entre un idioma que no entendía y personas entre las cuales es capaz de encontrar siempre una sonrisa; quizás sea esa su mayor fuerza, la que le permite entrar a cualquier casa -miento- a cualquier hogar, para ser recibida como una más de la familia, la prima lejana que llega desamparada a buscar refugio en esos lugares tan extraños.
Cuando describo a alguien como ella, me parece estar jugando a la adivinanza, pero ¿para qué hacer adivinar algo que a nadie le importa?. Cada uno de los seres que pueblan este escrito es tan sólo una o varias personas que conozco, pero son todos trascendentales y de ellos quiero rescatar la historia para que no quede nunca en el olvido, para energizar a quien pueda servir o tan solo para mi, reconfortado de tener ese ángel de la guarda que siempre está presente, a pesar de estar tan lejos, quien llega como fantasma una noche cualquiera a tu casa. Así fue, una noche, entre la penumbra, la vi llegar con la niña de la mano, luego de años viviendo tan lejos, le grité: “¿quién es usted, qué hace en mi casa?” porque no había reconocido su semblante, y al verla, sólo fui capaz de correr a abrazarla, ya que sentí vergüenza de no haberla abrazado el día que se fue, por la absurda razón de que estaba ensimismado en mis cosas, como casi siempre... esa actitud de creer estar solo yo y mis demonios en la mente, que me ha llevado tantas veces a perder amores y amistades. Rescatar su memoria es, en definitiva, un golpe de fuerza para quien lo necesite, hacerles creer que cuando todo está perdido, siempre un paso hacia afuera puede ayudar a salir adelante. Pero no basta eso. Se requiere una fuerza sobrehumana, esa que envidiarán muchos – yo entre ellos – y que no todos tienen. ¿Se imaginan acaso cualquiera de ustedes, completamente solo en un país del que no conocen no sólo el idioma, si no que a nadie siquiera que pueda ayudarlos?. Como mucho son capaces de turistear por ahí con miedo de perderse en un par de calles lejos del hotel. Sumen también el deber de cuidar a una niña entre sus brazos. Sumen la imposibilidad de poder volver. Sumen el no tener un centavo en el bolsillo. Sumen la amargura de haber dejado todo atrás por desprecio o simplemente orgullo. Y verán lo que es ser valiente de verdad.
Tres temores existen en ella: las culebras, el frío y la altura. Al lado de los temores de los otros jirones de la muñeca de trapo, no son nada. Todas las demás comparten el temor a amar. Todas las demás no son capaces de dar el primer paso al vacío. Todas las demás han sido heridas por el único amor de la vida; ella también. Buscan tan sólo alguien que sea capaz de contener sus miserias y las acompañe en los estertores de la vida; ella también. ¿Dónde está la diferencia?.
Contemplando el jirón de tela en mi mano, veo su color ennegrecido por los años, quemaduras de dolor y desprecio, hilos que cuelgan de sus bordes arañados por azotes de otros, cuyos motivos nunca logré entender. La oveja negra que escapó a lejanas colinas buscando alimentos y caballos de orgulloso crin brillante a los que contemplar la belleza de cada uno de sus movimientos. Quizás sea eso. Vuelvo a colocar el trozo en la muñeca, y dormiré hoy pensando qué es lo diferente en él. La fuerza sobrehumana de sobrevivir, el ángel de la guarda que llega repentinamente una noche inesperada, cuyo fantasma nos acompaña cada día que sufrimos en la vida.

mardi, janvier 16, 2007


Las mujeres que lo llenan todo. Una pieza, sólo una cama y una televisión, dos mesas de noche, y está ella ahí, dejando su totalidad en cada lugar, fluyendo el olor del beso en cada rincón de un dormitorio miserable para conquistar cada infinito rincón con su belleza, no importa si sean caderas expandidas por otra vida creada o pechos llenos de leche, una puerta abierta para que tú, hombre, que nunca entederás nada, entres y te llenes, te conmuevas con ese perfume de amor y no puedas luego moverte hacia izquierda o derecha inmovilizado por las fuerzas bloqueantes de cada movimiento, de una palabra, de la cara de llanto o alegría de ella, llevando en su vientre eso que jamás tendrás pues son seres superiores ante los que debes rendir pleitesía. ¿Sabes por qué? Simple, ella es capaz de dar vida y tu no.
Es lo que quiero, una mujer que lo llene todo, una pasión de ausencia que deseo en el más profundo de los sueños que me ahoga cada noche, ese collar que cuelga hasta apretar cada uno de mis pies, de mis manos, insorpotable en la lucha de conciliar el sueño, el color cambiando de azul a verde, de verde a violeta, de violeta a negro cuando ella me odia por no estar ahí, en el fin de la historia, el comienzo de la vida. Necesito hacerte el amor una y otra vez, pero estás tan lejos, en tu piel perfecta de ojos verdes, y los mechones cayendo sobre la cara en el beso que nunca me dejarás tomar, ausencia infinita y angustia de no tenerte a mi lado provocando al fin el amor que requiero sentir para no caer en la soledad del desierto en que se ha convertido toda esta parafernalia absurda de placeres y alcohol, distante de mi sueño rebelde, recogida al sistema de jornadas interminables de programas y despertares de teléfono con la misma música maldita. Cabello negro, miel o rojo, sobre piel blanca, moviendo los recortes de cada pecho, doblegándose para la conquista de la miseria que soy cada vez que quiero estar en tu interior.
Mujeres que lo llenan todo, no importa si son pequeñas o infinitamente delgadas, tengo miedo de escribirte o llamarte, para no romper tu vida normal, tu lenguaje de mentira, tu mano abrazada a la mía por temor u osadía, sólo entrar en un bar bajo la sonrisa de muchos, que ven que nuestro contraste es tu capacidad de amar y mi pequeñez minimal de admirar tanta belleza.
La mujer que es, sólo merece de pasión palabras como éstas, deja de lado la vulgaridad y logra estar en cada momento, sin importar las miradas de los demás, sus faltas y angustias, sus temores y desesperanzas, yo la conozco mejor que nadie y no está aquí conmigo, puesto que quizás yo muera solo por la distancia de años añorándola y el miedo a no tenerla, el miedo a la reprobación y la amargura de terminar la esperanza.
Mujer delgada y pequeña, grande y ostentosa llenas todo y matas mi esperanza. Te odio por no hablarme.

dimanche, janvier 07, 2007

En el comienzo.

En el comienzo, soy capaz de verte desde arriba. Estoy sentado en una pandereta, cual Humpty-Dumpty y te veo pasar abajo, junto a tantos otros que caminan y conversan en cientos de tonos capaces de expresar las emociones más diversas, conjurando los espíritus de la razón que cada vez con menos fuerza tratan de involucrarse en las relaciones humanas, poniendo esos esquemas y procedimientos de cómo deben ser las personas, cuál es el comportamiento adecuado, cuáles son los amigos que te convienen, cuál debe ser la historia de tus vidas (llegar a viejo con la alegría de perpetuar la misma aburrida historia).
Vi la ira. Vi manipulación. Vi llanto. El aire me parece cada vez más denso. Antes (yo creía que) era muy fácil caminar por las calles, de la casa al trabajo, del trabajo al restaurant, del trabajo a los amigos, de los amigos a la esposa, del dormitorio a la cama. Ahora (no puedo evitar sentir que) en vez de caminar, estoy nadando sobre un líquido de sentimientos y miradas, amores, aprecios, engaños, desprecios, odios, rencores, auxilio y sobre todo, esperanza.
Camino más lento, pero es mejor. El llanto se me pega en los brazos, la risa me entra por la boca, el odio se me pega en la cabeza, el amor se me ha colgado al cuello, basta una sola mirada y el olor para saberlo todo. Me he equivocado, igual que antes, pero no veo la diferencia. Tantos protocolos aprendidos no me sirvieron de nada cuando al final lo único importante es lo que hice y deje de hacer. Vuelvo a estar solo, pero rodeado de tanta gente. Ayer, desde la galería del Estadio Nacional, quise escuchar mejor la música, quise estar al frente, y salí por una estrecha puerta hacia la cancha del estadio, completamente reventado por los cientos que bajaron, y cuando miré para atrás, los demás se habían quedado. Los vi, intentando inúltilmente salir y me quedé solo con tu regalo colgado al pecho, decidí quedarme entre miles y miles, en un suelo sembrado de cigarrillos, vasos y basura, sólo a escuchar la música, sólo a nadar entre sensaciones, observando ojos, sintiendo pieles y ropas, solo caminando.

En el comienzo, se camina solo.
En el comienzo, lo único que existe, es la esperanza de la vida nueva.